domingo, 6 de agosto de 2017

Y, hoy, ¿sigue muerto Dios?

Y, hoy, ¿sigue muerto Dios?

El año 1882, Friedrich Nietzsche, publica “La Gaya ciencia“. En la sección 125 podemos leer su repetida afirmación de que “¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? (…) ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia”.  Con la muerte de Dios, con la ejecución de Dios cabría decir, nace la posibilidad del super hombre nietzchiano, del “hombre aumentado” del actual movimiento transhumanista.

El año 2014, el gran sociólogo vienes, afincado en EEUU, Peter L. Berger, con sus 85 años a cuestas, publica un pequeño gran libro, que reseñaré más abajo. Al inicio refiere el texto de Nietzsche que acabo de citar indicando que “a su juicio, se trataba tanto de una predicción del futuro de la religión como de una declaración del propio rechazo que Nietzsche sentía por ella”. Y, continúa Berger: “el área metropolitana de Boston, donde vivo, tiene más universidades y centros de educación superior por kilómetro cuadrado que ninguna otra parte del mundo. A resultas de ello, encontramos algunas de las pegatinas de coche más curiosas. Vi la siguiente, justo saliendo del patio de Harvard: Querido señor Nietzsche: Usted está muerto. Sinceramente suyo: Dios. Esto se acerca bastante a la realidad empírica de nuestro tiempo”. A renglón seguido escribe Berger que “el mundo contemporáneo, con algunas excepciones, es tan profundamente religioso como en cualquier otro momento de la historia”. Pero, echemos la vista medio siglo atrás.

En la década de los años 60 del siglo pasado vuelve con fuerza la idea de la muerte de Dios, preconizada por Nietzsche. Su influencia, particularmente en Europa fue enorme y, en muchos sitios, como en Euskadi, continua con fuerza en nuestros días.


Las dos excepciones son, según Peter Berger, en primer lugar, Europa Occidental, aunque señala que en muchos países de Europa en realidad es más la desafección hacia las Iglesias oficiales que una secularización en toda regla. La otra excepción, a la que Berger da más consistencia que a la anterior, la refiere así: “existe una sub-cultura internacional, la compuesta por personas que han recibido una educación superior occidental, y en particular en humanidades y en ciencias sociales que, en efecto, se ha secularizado. (…) Aunque sus miembros no son muy numerosos, son muy influyentes y controlan las instituciones que producen las definiciones “oficiales” de la realidad, en el sistema educativo, en los medios de comunicación de masas, y en la cúpula del Estado. Se parecen, de forma llamativa, en el mundo entero, como se ha comprobado desde hace mucho tiempo (aunque, los protagonistas de esta cultura apenas se encuentran en el mundo musulmán). No puedo sino subrayar que lo que observamos aquí es la cultura de una élite globalizada”. Es obvio, a mi juicio, que este diagnóstico de Peter Berger se aplica, rotundamente, también a la cultura vasca actual. Caricaturizando un tanto cabe decir que del “euskaldun fededun” hemos transitado a la “Euskadi atea”.

Pues bien, el año 2014, Berger da un paso más para significar que hay otra realidad empírica omnipresente que “puede estar vinculada o no a la secularización, pero es independiente de ella”. Berger muestra empíricamente y defiende sociológicamente lo que denomina, a lo largo de todo su trabajo, los dos pluralismos en la sociedad actual en el ámbito de lo religioso, (pues, el pluralismo no se limita a ese ámbito, insiste en ello), a saber, la coexistencia de diferentes religiones, por un lado, y la coexistencia de los discursos secular y religioso, por el otro.

Respecto de la coexistencia de los discursos secular y religioso Berger escribe: “sostengo que la teoría de la secularización original estaba equivocada en su premisa fundamental, según la cual la modernidad conduce al declive de la religión. Pero no era tan errónea como sus críticos creían. Sí, el mundo contemporáneo está lleno de religión; pero existe también un discurso secular muy importante que ha llevado a que aquella sea reemplazada por formas de enfrentarse al mundo etsi Deus non daretur (como si Dios no existiera). El individuo moderno puede desarrollar, y en muchas ocasiones ciertamente lo ha hecho, la capacidad de emplear definiciones de la realidad tanto seculares como religiosas, dependiendo de lo que sea directamente pertinente en cada caso. En efecto, es algo obvio: se puede rezar para librarse de una enfermedad, pero se acude al médico. Para Berger nuestra época no lo es tanto de increencia cuánto de duda. Así pues, la gestión de la duda se convierte en una tarea importante, tanto para el creyente como para el no creyente, a poco que la cuestión religiosa tenga alguna relevancia, lo que abarca muchas más personas de lo que “a priori” se piensa. También en Euskadi, aunque, entre nosotros, abunda (basta leer, visionar o escuchar los medios de comunicación) el sentido negativo-despreciativo hacia lo religioso.
 
La lectura de los trabajos de Berger me ha impulsado a escribir un libro, que se publicará después del verano. Pero no escribo esto para hacer publicidad de mi libro sino para estimular la lectura del de Peter Berger, mil codos por encima de lo que yo soy capaz de escribir. Este es su último libro: “Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista” Ediciones Sígueme. Salamanca 2016. 254 p. Si la cuestión religiosa les interesa, sean o no creyentes, léanlo. Es una joya.

Escribo este texto en el recuerdo agradecido de Peter Berger, fallecido el pasado 27 de junio en su domicilio, en Boston, “a un tiro de tranvía del instituto que fundó”, según relata uno de sus afortunados alumnos en EEUU. 


(Texto publicado en DEIA y Noticias de Gipuzkoa el sábado 5 de agosto de 2017)