martes, 21 de febrero de 2017

Cerrar la boca a los obispos (de Daniel Arasa)


El domingo pasado (19/02/17) pudimos leer en “La Vanguardia” el artículo que reproduzco aquí abajo. Defiende dos tesis:

1.    De la Iglesia Católica se valora su acción social pero no se acepta que quiera intervenir, públicamente, con su palabra, en cuestión de ética, moral etc. Los cristianos a la sacristía.
2.    La libertad de expresión le estaría vedada a la iglesia, en algunos aspectos, como los referidos a los comportamientos sexuales. Si lo hace, quienes no estén de acuerdo con sus pronunciamientos tienen derecho a tratar de impedirle, incluso violentamente, que exprese sus opiniones.

Estoy de acuerdo con el fondo de ambas tesis, sobre todo con la selectiva libertad de expresión, aunque, con algunos detalles del texto discreparía. Básicamente (y hay más): no creo que haya una conspiración contra la Iglesia, aunque sí fundamentalistas anti-eclesiales. Más que cristianófobos, como se dice en al artículo, hay eclesiófobos. Pero, es que en los temas que trata, la Iglesia católica no se ha caracterizado precisamente por la misericordia que ha puesto en primera fila el actual papa Francisco.

Cerrar la boca a los obispos
LA Vanguardia 19/02/17

DANIEL ARASA 
La parroquia de Santa Anna de Barcelona ha sido protagonista social y mediática en las últimas semanas. La acogida de personas sin techo en los días álgidos del invierno fue una acción humanitaria de gran valor y un ejemplo para las instituciones de acogida. Una monja y unas voluntarias nos comentaban que no faltan lugares para los sintecho, pero allí encontraron no solo atención a sus necesidades materiales, sino que palpaban que se les quería. Aplicación de las palabras de Cristo de “lo que hagáis a uno de estos pequeños a Mi me lo hacéis”. La transformación del lugar en un “hospital de campaña” las 24 horas del día y los 365 días del año es un salto más. Ha sido una actuación magnífica, que ha gozado de aplausos generalizados, incluso de no creyentes.

Además de la acción asistencial, ya de por sí un testimonio fundamental, la Iglesia tiene también la misión de dar doctrina. “Id por todo el mundo predicando…”. En esto ya no recibe parabienes. En la semana previa al 12 de febrero una fortísima campaña mediática, a través de las redes sociales, en la calle, en las instituciones, fue promovida por sectores LGBTI para impedir en la misma Santa Anna una conferencia de Philippe Ariño, un homosexual católico francés que promueve que las personas homosexuales vivan la castidad. La organizaba la Delegación de Juventud de la Archidiócesis de Barcelona.

El ruido, las presiones, no solo depositaron sobre la mesa del arzobispo cientos de insultos e improperios, sino que llegaron al Parlament y al Govern de la Generalitat, que decidieron abrir un expediente y vigilar el acto. El día de autos fue necesaria protección policial y aun así un grupo de activistas LGBTI irrumpieron en la sesión. Toda una muestra de intolerancia y de vulneración de la libertad de expresión cuando los mismos colectivos a todas horas y en todas partes hacen su propaganda con apoyo de no pocos medios de comunicación y subvenciones oficiales a chorro. El Parlament y el Gobierno de la Generalitat cedieron al sectarismo, vulneraron la libertad de expresión y se inmiscuyeron injustamente en la sociedad civil. Para desvanecer dudas de que el acto no iba contra nadie, los organizadores lo grabaron todo en video y con acta notarial.

Si fuera un hecho aislado quedaría en anécdota. Pero el caso es que sectores militantes LGBTI, del feminismo radical y de algunos grupos políticos han adoptado la estrategia de “montar un pollo” cada vez que un obispo, un sacerdote, una asociación católica u otros hablan de defender el derecho a la vida incluso del no nacido, de la familia natural, de la sexualidad desde la óptica cristiana, del derecho de los padres a exigir para sus hijos educación religiosa. Es toda una estrategia de intimidación sistemática. Decir que un matrimonio está formado por un hombre y una mujer comporta ser crucificado a insultos y quedar como un trapo en las redes sociales. Incluso manifestaciones y denuncias en el juzgado. Algunos obispos ya tienen experiencia. Por supuesto, el calificativo de ho­mófobo aparecerá en miles de tuits, wash-up y hasta en las páginas en papel
de algún periódico. El objetivo es cerrar la boca. Algunos han cedido.

Otros se man­tienen firmes. El arzobispo Juan José Omella hizo bien en no anular aquella conferencia. Hace pocos días, la Universidad de Cádiz vetó ante las presiones una conferencia de Jokin de Irala, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública y autor del libro Comprendiendo la homosexualidad porque este experto no comparte determinados postulados esgrimidos por los activistas.

Lo sucedido en Santa Anna es un laboratorio de lo que ocurre a diario en la sociedad en relación con lo cristiano. Aplausos a la labor de ayuda a los pobres. Nada dirán si en el templo rezan el rosario. Pero que la Iglesia pueda iluminar la sociedad, que actúe como revulsivo de la conciencia más allá de la miseria social, que esté presente en la cultura, que emita criterios morales, que difunda la doctrina de Cristo completa… de todo esto nada. Intentan arrinconar al ámbito privado toda expresión religiosa. Mientras la Iglesia quede reducida a una oenegé que da de comer a pobres sin hablar de Dios, ningún problema. Pero cuando decide que, además, debe ser luz del mundo, la cristianofobia emerge a raudales. Lo grave es que no faltan católicos que no se enteran. Como actúan de manera tan tibia, tan light, “no se mojan”, tales presiones nunca les afectan a ellos.


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