domingo, 6 de agosto de 2017

Y, hoy, ¿sigue muerto Dios?

Y, hoy, ¿sigue muerto Dios?

El año 1882, Friedrich Nietzsche, publica “La Gaya ciencia“. En la sección 125 podemos leer su repetida afirmación de que “¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? (…) ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia”.  Con la muerte de Dios, con la ejecución de Dios cabría decir, nace la posibilidad del super hombre nietzchiano, del “hombre aumentado” del actual movimiento transhumanista.

El año 2014, el gran sociólogo vienes, afincado en EEUU, Peter L. Berger, con sus 85 años a cuestas, publica un pequeño gran libro, que reseñaré más abajo. Al inicio refiere el texto de Nietzsche que acabo de citar indicando que “a su juicio, se trataba tanto de una predicción del futuro de la religión como de una declaración del propio rechazo que Nietzsche sentía por ella”. Y, continúa Berger: “el área metropolitana de Boston, donde vivo, tiene más universidades y centros de educación superior por kilómetro cuadrado que ninguna otra parte del mundo. A resultas de ello, encontramos algunas de las pegatinas de coche más curiosas. Vi la siguiente, justo saliendo del patio de Harvard: Querido señor Nietzsche: Usted está muerto. Sinceramente suyo: Dios. Esto se acerca bastante a la realidad empírica de nuestro tiempo”. A renglón seguido escribe Berger que “el mundo contemporáneo, con algunas excepciones, es tan profundamente religioso como en cualquier otro momento de la historia”. Pero, echemos la vista medio siglo atrás.

En la década de los años 60 del siglo pasado vuelve con fuerza la idea de la muerte de Dios, preconizada por Nietzsche. Su influencia, particularmente en Europa fue enorme y, en muchos sitios, como en Euskadi, continua con fuerza en nuestros días.


Las dos excepciones son, según Peter Berger, en primer lugar, Europa Occidental, aunque señala que en muchos países de Europa en realidad es más la desafección hacia las Iglesias oficiales que una secularización en toda regla. La otra excepción, a la que Berger da más consistencia que a la anterior, la refiere así: “existe una sub-cultura internacional, la compuesta por personas que han recibido una educación superior occidental, y en particular en humanidades y en ciencias sociales que, en efecto, se ha secularizado. (…) Aunque sus miembros no son muy numerosos, son muy influyentes y controlan las instituciones que producen las definiciones “oficiales” de la realidad, en el sistema educativo, en los medios de comunicación de masas, y en la cúpula del Estado. Se parecen, de forma llamativa, en el mundo entero, como se ha comprobado desde hace mucho tiempo (aunque, los protagonistas de esta cultura apenas se encuentran en el mundo musulmán). No puedo sino subrayar que lo que observamos aquí es la cultura de una élite globalizada”. Es obvio, a mi juicio, que este diagnóstico de Peter Berger se aplica, rotundamente, también a la cultura vasca actual. Caricaturizando un tanto cabe decir que del “euskaldun fededun” hemos transitado a la “Euskadi atea”.

Pues bien, el año 2014, Berger da un paso más para significar que hay otra realidad empírica omnipresente que “puede estar vinculada o no a la secularización, pero es independiente de ella”. Berger muestra empíricamente y defiende sociológicamente lo que denomina, a lo largo de todo su trabajo, los dos pluralismos en la sociedad actual en el ámbito de lo religioso, (pues, el pluralismo no se limita a ese ámbito, insiste en ello), a saber, la coexistencia de diferentes religiones, por un lado, y la coexistencia de los discursos secular y religioso, por el otro.

Respecto de la coexistencia de los discursos secular y religioso Berger escribe: “sostengo que la teoría de la secularización original estaba equivocada en su premisa fundamental, según la cual la modernidad conduce al declive de la religión. Pero no era tan errónea como sus críticos creían. Sí, el mundo contemporáneo está lleno de religión; pero existe también un discurso secular muy importante que ha llevado a que aquella sea reemplazada por formas de enfrentarse al mundo etsi Deus non daretur (como si Dios no existiera). El individuo moderno puede desarrollar, y en muchas ocasiones ciertamente lo ha hecho, la capacidad de emplear definiciones de la realidad tanto seculares como religiosas, dependiendo de lo que sea directamente pertinente en cada caso. En efecto, es algo obvio: se puede rezar para librarse de una enfermedad, pero se acude al médico. Para Berger nuestra época no lo es tanto de increencia cuánto de duda. Así pues, la gestión de la duda se convierte en una tarea importante, tanto para el creyente como para el no creyente, a poco que la cuestión religiosa tenga alguna relevancia, lo que abarca muchas más personas de lo que “a priori” se piensa. También en Euskadi, aunque, entre nosotros, abunda (basta leer, visionar o escuchar los medios de comunicación) el sentido negativo-despreciativo hacia lo religioso.
 
La lectura de los trabajos de Berger me ha impulsado a escribir un libro, que se publicará después del verano. Pero no escribo esto para hacer publicidad de mi libro sino para estimular la lectura del de Peter Berger, mil codos por encima de lo que yo soy capaz de escribir. Este es su último libro: “Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista” Ediciones Sígueme. Salamanca 2016. 254 p. Si la cuestión religiosa les interesa, sean o no creyentes, léanlo. Es una joya.

Escribo este texto en el recuerdo agradecido de Peter Berger, fallecido el pasado 27 de junio en su domicilio, en Boston, “a un tiro de tranvía del instituto que fundó”, según relata uno de sus afortunados alumnos en EEUU. 


(Texto publicado en DEIA y Noticias de Gipuzkoa el sábado 5 de agosto de 2017)

sábado, 22 de julio de 2017

¿Es la de Schubert la música para la vejez?



¿Es la de Schubert la música para la vejez?

Recuerdo haber leído a Francoise Dolto, ya su vida muy avanzada (como la mía ahora) que no podía con los últimos Cuartetos de Beethoven y que se refugiaba en la música de cámara de Schubert. El recuerdo me ha venido a la cabeza escuchando esta noche su extraordinario Quinteto D956, en la antológica version de Casals, Stern, Tortelier etc., grabado en el Festival de Prades el año 1952 (6,92 € en Amazon). El último movimiento es deliciosamente abismal…con una lucecita al fondo.

Con Dolto en la cabeza mi cerebro viaja a Beethoven. Algunas de sus últimas obras son abismales. Pero, sin lucecita. Pienso en la Gran Fuga, el adagio del Hammerklavier, el primer movimiento de la 9ª Sinfonía, con ese arranque de Furtwängler en la reinauguración del Festival de Baureuth el año 1951. Incluso el cuarteto nº 14, opus 131 (que sirvió de base musical para una conmovedora película, “El último concierto”), quizás el más bello de todos sus cuartetos. Músicas que no se puede escuchar “de fondo” porque inquietan, interpelan, incluso acongojan. Es cierto que tampoco se puede escuchar de fondo el Quinteto D 956 o sus tres últimas piezas para piano D.946, sobre todo la segunda. Pero no te acongojan. Son como dardos que te clavan en la butaca, ante su intimidad, su belleza, como la de la sonrisa, o más aún, la mirada de una chica que te hipnotiza, ante lo que solamente eres capaz de expresar ¡cómo se puede ser tan bella, tan bonita! De Beethoven se puede decir eso de su sinfonía pastoral (salvo la tormenta), en la fugaz melodía del tercer movimiento de la 9ª, etc., etc. En Schubert es casi una constante, aunque el segundo movimiento de la Incompleta se la trae, asi como algún que otro líder.


Pero creo que tiene razón Dolto: a la vejez le va mejor Schubert que Beethoven…aunque yo no pienso renunciar, por ahora al menos, a su música. Últimos cuartetos incluidos.

domingo, 16 de julio de 2017

Regreso a Berlin 2. Del eterno retorno de los fascismos

“Regreso a Berlín 2”.  DEl eterno retorno de los fascismos
Los sábados suelo leer los suplementos literarios de ABC, El País y La Vanguardia. Los jueves el de “Le Monde”. También los de algunas revistas especializadas. Llegado ya a una edad avanzada, con ya poco tiempo por delante, y con fuerte apetito de lectura, la selección se impone. De ahí mi creciente interés por los suplementos literarios. Con los años acabas conociendo a los críticos y te fías más de unos que de otros. Aunque te puedes llevar chascos. Personalmente, desde hace años, particularmente en las novelas, si a la página 30 no estoy enganchado, irremisiblemente dejo el libro. Aunque también me suele suceder que lo deje a la mitad, arrastrado por una buena entrada y por la ilusión de que se trate de una flojera narrativa pasajera. Aunque también lo puedo dejar por alguna otra razón que indicaré más adelante. Todo esto para decirles que el libro que va a ocupar este artículo de hoy lo compré tras leer una crítica elogiosísima de Guelbenzu (El País 17/04/17) que corroboré, como hago habitualmente, con la lectura de otras recensiones en Internet.

El libro lleva por título “Regreso a Berlin”, su autora es Verna B. Carleton, está editado por Periférica & Errata Naturae, 2017. 408 páginas. 21,50 euros. El original se editó, el año 1959 y ahora vuelve a ser reeditado y traducido. La autora, periodista, hija de un alemán casado con una inglesa, animó y acompañó, el año 1957, a una amiga exiliada del nazismo a realizar un viaje a Alemania a reencontrar su familia y sus amistades en su país pos-Hitler. Para ambas era volver a sus orígenes. La novela, con nombres y personajes ficticios, viene a narrar esa experiencia. Pero me lleva a traerla aquí, no solamente porque es una excelente novela (no de las de leer en la playa), sino por porque aborda cuestiones que, a la postre, solamente la buena literatura puede tratar con la hondura y penetración que ningún ensayo, por muy documentado que esté, puede lograr. Pero, atención, no estamos ante una novela de las de leer en la playa o en el autobús. Si son capaces de llegar al final, sepan que, en algunos momentos, tendrán que agarrarse al sillón y, de vez en cuando, levantar la vista del libro, darse una vuelta por su casa y tomarse un trago. Y pensar. Lo que es un lujo que, a la postre, agradecerán.

La trama. Eric, que vive en EEUU, es un alemán, de familia judía muy acomodada y de alto nivel cultural, que tuvo que escapar del nazismo. Se casa con una británica y acompañada por una periodista (como en la realidad) viaja a la Alemania que dejó. Eric se siente antinazi compulso hasta el punto de no querer expresarse en alemán y hacerlo siempre en inglés. Descubre Eric la Alemania derruida, que tan bien describe Rossellini en “Alemania año cero”. En el primer y extraordinario encuentro familiar, se topa con una tía suya, Rosie, casada con un alto miembro nazi, que nada hizo, según cree Eric, por salvar a su padre, que, efectivamente murió en una cárcel nazi. Tiene razón Guelbenzu cuando escribe en su recensión que “en las siguientes 20 páginas llega una escena portentosa, soberbia, un increíble cambio dramático”, y que “hará de la tía Rosie el personaje más memorable de la novela”. Son cinco páginas que no entran en este artículo. http://javierelzo.blogspot.com.es/2017/07/el-intento-de-suicidio-de-rosie-en-la.html. Como personas individuales creo que tiene razón Guelbenzu, pero, a mi juicio, el personaje más memorable de la novela es la gente de Berlín, la vida en Berlín. El personaje central de la novela es Berlín, Berlín doce años después de la caída del Reich donde han de convivir los alemanes, separados por los sectores oriental y occidental, antes de la construcción del muro, donde han de convivir todos los alemanes, estuvieran donde dónde estuviesen en el periodo nazi. Pero, la fractura central, la que perdura doce años después de la caída de Hitler, no será tanto qué hicieron durante el nazismo, sino donde están en ese momento, en 1957, en el lado oriental o en el occidental. Las descripciones de los pasos, más o menos vivibles de una zona a la otra, en Postdamer Platz y en el Zoo, son extraordinarias.

No es una novela de buenos y malos, aunque no se oculte en absoluto la maldad del régimen nazi. Tampoco, en primera lectura, con quienes se alinearon durante el nazismo unos y otros. Así la agudeza y sensibilidad de la autora es tal que descubrimos, en los “buenos” como Eric, que hubo de huir del nazismo, cobardías que supusieron que otros cayeran en manos de la Gestapo; y en otros, en los “malos” como un alto miembro del nazismo, el marido de Rosie, por ejemplo, reconocer su tremendo error y antes de suicidarse ayudar a los judíos que pudo en su propia casa. Es la complejidad humana en el seno de una población, llevada a una situación límite por unos pocos demagogos. También descubrimos la vergüenza sin fin de quien delató a una vecina al nazismo, por judía, y que, como nos dice Jonathan Littel en “Las Benévolas” (la mejor novela que he leído en lo que llevamos de siglo, todavía más dura que la que ahora aquí comento, éxito editorial en Francia y que en España pasó sin pena ni gloria) la perseguirá hasta el final de sus días.

Quiero detenerme en dos cuestiones que aparecen en un momento extraordinario de la novela. Cuando entierran al marido de Rosie, alto dignatario nazi que se suicidó, Rosie decide suicidarse, a su vez. Al final no lo hace, pero el relato de lo sucedido es memorable. Tanto que lo he subido a mi blog. Son cinco páginas que no entran en este artículo. Pero de ellas he retenido dos temas que traslado brevemente: el fracaso de los cristianos en el nazismo, y la situación de los alemanes nazis el año 1957.

Fracaso y vergüenza de los cristianos. “Sí Alemania se hubiera guiado por sus principios cristianos habría sido imposible encontrar gente para dirigir los campos de concentración, para ejecutar asesinatos en masa, para destruir la mayor parte de Europa…. y a sí mismos”. (….) “Nosotros, los cristianos, somos responsables de lo que ocurrió, porque el régimen nazi constituyó el mayor fracaso de la historia de la cristiandad – exclamó Sosie, alzando una voz furiosa -. Si los líderes de la Iglesia se hubieran alzado heroicamente a la primera amenaza, si la Iglesia Católica en la que nació Hitler lo hubiera excomulgado y desafiado a su régimen desde el primer día, entonces los alemanes podrían haber salvado sus almas. Hoy es demasiado tarde. Todo alemán adulto debe asumir su culpa.  Solo los muy jóvenes pueden levantar la cabeza sin vergüenza”.

¿Dónde estaban los nazis el año 1957? “¿Quería Eric la verdad? Entonces debía escuchar lo peor. Habían hecho faltan millares (cientos de millares, según algunos), para formar los SS y las SA, para dirigir los campos de concentración y todas las fuerzas de represión en los países ocupados. Y eso, si hablábamos solo de nazis fanáticos, no de la gente inocente que se vio arrastrada”. (…)

“¿Dónde se imagina el mundo entero que se han ido esos fanáticos?  -  inquirió Rosie -.  No se han esfumado. Se hallan en toda Alemania, en ambas zonas, trabajando pacíficamente sin la menor sensación de culpa por lo que hicieron en el pasado. Te dirán que sólo obedecían órdenes de sus superiores. Es gente sin rastro de conciencia ni de alma, gente que puede encender el gas que asesina a millones de personas y después decir: “Estás manos no son mías. Soy una herramienta. Un cero”, y un cero no puede sentir culpa, ¿no es así?” (…)

Es claro - exclamó Käthe -. La gente de fuera que siempre anda diciendo que el fascismo ha muerto en Alemania está loca de atar. Nosotros, los que vivimos aquí, nos vemos rodeados constantemente por terribles recordatorios de que el pasado no es el pasado. Sigue siendo el presente. (…) Nadie sería lo bastante imbécil como para revivir a los nazis en cuanto partido o fuerza política. Sin embargo, hay millones de personas en Alemania hoy en día que no pueden decirlo abiertamente, aunque en lo más profundo de su corazón recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”. Por favor, retengan esta última frase: muchos alemanes “recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”.


Recuerden, el libro se escribió en 1957. Hace sesenta años. En la actualidad, el nazismo sigue en pie. Y no solamente el nazismo hitleriano. Es el eterno retorno de los fascismos (Rob Riemen). De los totalitarismos. De las dictaduras. De izquierdas y de derechas. También entre nosotros

sábado, 15 de julio de 2017

“Regreso a Berlín”. Mucho más que una gran novela

“Regreso a Berlín”. Mucho más que una gran novela
Los sábados suelo leer los suplementos literarios de ABC, El País y La Vanguardia. Los jueves el de “Le Monde”. También los de algunas revistas especializadas. Llegado ya a una edad avanzada, con ya poco tiempo por delante, y con fuerte apetito de lectura, la selección se impone. De ahí mi creciente interés por los suplementos literarios. Con los años acabas conociendo a los críticos y te fías más de unos que de otros. Aunque te puedes llevar chascos. Personalmente, desde hace años, particularmente en las novelas, si a la página 30 no estoy enganchado, irremisiblemente dejo el libro. Aunque también me suele suceder que lo deje a la mitad, arrastrado por una buena entrada y por la ilusión de que se trate de una flojera narrativa pasajera. Aunque también lo puedo dejar por alguna otra razón que indicaré más adelante. Todo esto para decirles que el libro que va a ocupar este artículo de hoy lo compré tras leer una crítica elogiosísima de Guelbenzu (El País 17/04/17) que corroboré, como hago habitualmente, con la lectura de otras recensiones en Internet.

El libro lleva por título “Regreso a Berlin”, su autora es Verna B. Carleton, está editado por Periférica & Errata Naturae, 2017. 408 páginas. 21,50 euros. El original se editó, el año 1959 y ahora vuelve a ser reeditado y traducido. La autora, periodista, hija de un alemán casado con una inglesa, animó y acompañó, el año 1957, a una amiga exiliada del nazismo a realizar un viaje a Alemania a reencontrar su familia y sus amistades en su país pos-Hitler. Para ambas era volver a sus orígenes. La novela, con nombres y personajes ficticios, viene a narrar esa experiencia. Pero me lleva a traerla aquí, no solamente porque es una excelente novela (no de las de leer en la playa), sino por porque aborda cuestiones que, a la postre, solamente la buena literatura puede tratar con la hondura y penetración que ningún ensayo, por muy documentado que esté, puede lograr. Pero, atención, no estamos ante una novela de las de leer en la playa o en el autobús. Si son capaces de llegar al final, sepan que, en algunos momentos, tendrán que agarrarse al sillón y, de vez en cuando, levantar la vista del libro, darse una vuelta por su casa y tomarse un trago. Y pensar. Lo que es un lujo que, a la postre, agradecerán.

La trama. Eric, que vive en EEUU, es un alemán, de familia judía muy acomodada y de alto nivel cultural, que tuvo que escapar del nazismo. Se casa con una británica y acompañada por una periodista (como en la realidad) viaja a la Alemania que dejó. Eric se siente antinazi compulso hasta el punto de no querer expresarse en alemán y hacerlo siempre en inglés. Descubre Eric la Alemania derruida, que tan bien describe Rossellini en “Alemania año cero”. En el primer y extraordinario encuentro familiar, se topa con una tía suya, Rosie, casada con un alto miembro nazi, que nada hizo, según cree Eric, por salvar a su padre, que, efectivamente murió en una cárcel nazi. Tiene razón Guelbenzu cuando escribe en su recensión que “en las siguientes 20 páginas llega una escena portentosa, soberbia, un increíble cambio dramático”, y que “hará de la tía Rosie el personaje más memorable de la novela”. Son cinco páginas que no entran en este artículo. http://javierelzo.blogspot.com.es/2017/07/el-intento-de-suicidio-de-rosie-en-la.html. Como personas individuales creo que tiene razón Guelbenzu, pero, a mi juicio, el personaje más memorable de la novela es la gente de Berlín, la vida en Berlín. El personaje central de la novela es Berlín, Berlín doce años después de la caída del Reich donde han de convivir los alemanes, separados por los sectores oriental y occidental, antes de la construcción del muro, donde han de convivir todos los alemanes, estuvieran donde dónde estuviesen en el periodo nazi. Pero, la fractura central, la que perdura doce años después de la caída de Hitler, no será tanto qué hicieron durante el nazismo, sino donde están en ese momento, en 1957, en el lado oriental o en el occidental. Las descripciones de los pasos, más o menos vivibles de una zona a la otra, en Postdamer Platz y en el Zoo, son extraordinarias.

No es una novela de buenos y malos, aunque no se oculte en absoluto la maldad del régimen nazi. Tampoco, en primera lectura, con quienes se alinearon durante el nazismo unos y otros. Así la agudeza y sensibilidad de la autora es tal que descubrimos, en los “buenos” como Eric, que hubo de huir del nazismo, cobardías que supusieron que otros cayeran en manos de la Gestapo; y en otros, en los “malos” como un alto miembro del nazismo, el marido de Rosie, por ejemplo, reconocer su tremendo error y antes de suicidarse ayudar a los judíos que pudo en su propia casa. Es la complejidad humana en el seno de una población, llevada a una situación límite por unos pocos demagogos. También descubrimos la vergüenza sin fin de quien delató a una vecina al nazismo, por judía, y que, como nos dice Jonathan Littel en “Las Benévolas” (la mejor novela que he leído en lo que llevamos de siglo, todavía más dura que la que ahora aquí comento, éxito editorial en Francia y que en España pasó sin pena ni gloria) la perseguirá hasta el final de sus días.

Quiero detenerme en dos cuestiones que aparecen en un momento extraordinario de la novela. Cuando entierran al marido de Rosie, alto dignatario nazi que se suicidó, Rosie decide suicidarse, a su vez. Al final no lo hace, pero el relato de lo sucedido es memorable. Tanto que lo he subido a mi blog. Son cinco páginas que no entran en este artículo. Pero de ellas he retenido dos temas que traslado brevemente: el fracaso de los cristianos en el nazismo, y la situación de los alemanes nazis el año 1957.

Fracaso y vergüenza de los cristianos. “Sí Alemania se hubiera guiado por sus principios cristianos habría sido imposible encontrar gente para dirigir los campos de concentración, para ejecutar asesinatos en masa, para destruir la mayor parte de Europa…. y a sí mismos”. (….) “Nosotros, los cristianos, somos responsables de lo que ocurrió, porque el régimen nazi constituyó el mayor fracaso de la historia de la cristiandad – exclamó Sosie, alzando una voz furiosa -. Si los líderes de la Iglesia se hubieran alzado heroicamente a la primera amenaza, si la Iglesia Católica en la que nació Hitler lo hubiera excomulgado y desafiado a su régimen desde el primer día, entonces los alemanes podrían haber salvado sus almas. Hoy es demasiado tarde. Todo alemán adulto debe asumir su culpa.  Solo los muy jóvenes pueden levantar la cabeza sin vergüenza”.

¿Dónde estaban los nazis el año 1957? “¿Quería Eric la verdad? Entonces debía escuchar lo peor. Habían hecho faltan millares (cientos de millares, según algunos), para formar los SS y las SA, para dirigir los campos de concentración y todas las fuerzas de represión en los países ocupados. Y eso, si hablábamos solo de nazis fanáticos, no de la gente inocente que se vio arrastrada”. (…)

“¿Dónde se imagina el mundo entero que se han ido esos fanáticos?  -  inquirió Rosie -.  No se han esfumado. Se hallan en toda Alemania, en ambas zonas, trabajando pacíficamente sin la menor sensación de culpa por lo que hicieron en el pasado. Te dirán que sólo obedecían órdenes de sus superiores. Es gente sin rastro de conciencia ni de alma, gente que puede encender el gas que asesina a millones de personas y después decir: “Estás manos no son mías. Soy una herramienta. Un cero”, y un cero no puede sentir culpa, ¿no es así?” (…)

Es claro - exclamó Käthe -. La gente de fuera que siempre anda diciendo que el fascismo ha muerto en Alemania está loca de atar. Nosotros, los que vivimos aquí, nos vemos rodeados constantemente por terribles recordatorios de que el pasado no es el pasado. Sigue siendo el presente. (…) Nadie sería lo bastante imbécil como para revivir a los nazis en cuanto partido o fuerza política. Sin embargo, hay millones de personas en Alemania hoy en día que no pueden decirlo abiertamente, aunque en lo más profundo de su corazón recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”. Por favor, retengan esta última frase: muchos alemanes “recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”.


Recuerden, el libro se escribió en 1957. Hace sesenta años. En la actualidad, el nazismo sigue en pie. Y no solamente el nazismo hitleriano. Es el eterno retorno de los fascismos. De los totalitarismos. De las dictaduras. De izquierdas y de derechas. También entre nosotros

miércoles, 12 de julio de 2017

El intento de suicidio de Rosie, en la Alemania nazi

El intento de suicidio de Rosie, en la Alemania nazi

Rosie, es uno de los personajes clave de una extraordinaria novela, “Regreso a Berlín” escrita por Verna B. Carleton, sobre la que he escrito un artículo que me publican en algunos medios del Grupo Noticias el sábado 14 de julio de 2017, donde referencio esta entrada en mi blog

Rosie es la tía de Eric, el alemán que huyo del nazismo y vuelve a Alemania en 1957 a encontrarse con su pasado. Rosie estaba casada con Friedrich, un alto miembro del nazismo, aunque cuando se dio cuenta de lo que era, se suicidó. Tras sepultarlo, Rosie narra para los suyos, Eric, y la medio hermana de este, Käthe, así como a la mujer de Eric y a otra persona que le acompaña en el viaje (y que hace el papel de narradora), lo que hizo después de enterrar a su marido. Comienza diciendo, pensando en su marido, que “no hay mayor tragedia en la vida que resultar sospechoso en todos los bandos”. Y continua así la narración en las páginas 239- 246 del libro que reproduzco con unos pocos cortes.

“ Así pues, los dejó a todos allí en el cementerio tras rechazar los ofrecimientos de llevarla la casa; comenzó a caminar sola, su último paseo, en dirección a la casa de Charlottenburg donde había nacido. Aquella maravilla de mansión, quería mirarla por última vez, llevarse consigo a la eternidad algún recuerdo de una felicidad efímera, de la niñez ya oscurecida por el dolor adulto, de su hermana y de su hermano, ambos muertos; todo se había esfumado, su madre a quien adoraba, el padre odiado…

(….)

“Lo haré en algún parque desierto, por la noche, y cuando me encuentren por la mañana dirán que la viuda se ha matado de pena” se dijo al final, cuando desapareció el crepúsculo y la obscuridad se abatió sobre la ciudad. Llevaba en el bolso la misma pistola que Friedrich había usado para dispararse; se la habían dado aún con las huellas dactilares, por miedo a que albergase dudas. ¡Dudas! Como si no hubiera sabido lo cerca que se hallaba Friedrich del suicidio en las últimas semanas, ella, que había contemplado aterrorizada como el hombre al que una vez había amado se desintegraba ante sus ojos hasta convertirse en una criatura llorosa y asustada; usó su último reducto de dignidad para liberarse de las garras de unos hombres que, según acabó por comprender, resultaban ser unos criminales y no los salvadores de la patria.


Era de noche, hacía mucho frio, repitió, y ella iba en busca de algún parquecillo; pronto se extravió, las calles se le antojaban extrañas, parecían llevar a algún lugar sin fin. De repente, cuando la fatiga la aplastaba, vio una pequeña iglesia, con la puerta abierta. Entró para descansar un momento, ella, que no se había acercado a una iglesia desde el día de su boda. Sentada en uno de los bancos traseros, con una lucecita encendida sobre el altar, mientras lo único que se oía en medio de la oscuridad era su respiración, advirtió, con completa aceptación, que aquélla era la iglesia luterana de ladrillo rojo en la que la habían bautizado de pequeña, la Iglesia que distaba sólo una manzana de su casa de Charlottenburg; llevaba quizá horas caminando en círculos alrededor de la casa y algo la había llevado a aquel lugar. Estaba demasiado desfallecida para moverse. Se limitó a sentarse allí y perder toda noción del tiempo, de la ciudad exterior, de por qué había acudido allí en plena noche.

Y mientras estaba allí sentada ocurrió – dijo Rosie con voz queda -. La vida había acabado para mí. Estaba muerta. Y al momento siguiente levante la vista y, de repente, con un gran destello dorado y deslumbrante, la vida me inundó de nuevo, y con ella, la certeza de que no estaba sola, de que algo más fuerte que yo, más fuerte que la humanidad mortal, había extendido la mano para levantarme.

Sintió como toda la fe que sentía de pequeña volvía a ella, pero tan renovada y profunda que era como si se estuviese convirtiendo en otra persona, en una extraña dentro de su propia piel. En aquel momento de iluminación, de completa claridad, vio que Alemania había perdido la guerra, y supo que la esperaban el terror y el hambre, pero también que tenía que seguir viviendo, que Dios quería su vida por alguna razón y que si se confiaba en él por completo sería capaz de seguir, de hacer el bien y de salvarse a sí misma y los demás. Cuando, mucho más tarde, Rosie volvió por fin a casa, temió que aquel destello interior desapareciera, que al llegar la mañana todo fuera de nuevo gris y absurdo.

Pero nunca se fue-  dijo en voz queda. Me ha protegido todo el tiempo.  Trajo de regresa a Käthe (la medio hermana de Eric que había huido a Paris). Y no es un accidente que tú, Eric, a pesar de haber afirmado que no volverías, hayas vuelto. Yo sabía que lo harías.
Ojalá Alemania - dijo Eric tras un momento - contase con más cristianos como tú.  Entonces quizá las iglesias podrían haber detenido a Hitler desde el principio.  Pero lo cierto es…

Que fracasaron total y absolutamente, -  hijo mío -. Lo sé. Cuando viene el pastor Schaffman a tomar café conmigo, a veces nos sentamos aquí y no hablamos de otra cosa. Desde la guerra, la gente vuelve a agolparse en las iglesias y vota a los democristianos, para apaciguar el dolor de su corazón. Pero no profesan la religión más allá de los labios. Saben que fracasaron en la mayor crisis de Alemania.

Sí, prosiguió con la voz tensa por el desdén, si los alemanes poseyesen de verás algo de juicio moral sano, algo de gentileza o compasión, ¿habrían seguido a un líder que solo predicaba odio?. Sí Alemania se hubiera guiado por sus principios cristianos habría sido imposible encontrar gente para dirigir los campos de concentración, para ejecutar asesinatos en masa, para destruir la mayor parte de Europa…. y a sí mismos.

Nosotros... Nosotros, los cristianos, somos responsables de lo que ocurrió, porque el régimen nazi constituyó el mayor fracaso de la historia de la cristiandad – exclamó Sosie, alzando una voz furiosa -. Si los líderes de la Iglesia se hubieran alzado heroicamente a la primera amenaza, si la Iglesia Católica en la que nació Hitler lo hubiera excomulgado y desafiado a su régimen desde el primer día, entonces los alemanes podrían haber salvado sus almas. Hoy es demasiado tarde. Todo alemán adulto debe asumir su culpa.  Solo los muy jóvenes pueden levantar la cabeza sin vergüenza.

¿Existía ese sentido profundo de culpa en los alemanes? se preguntó Eric a continuación. Era muy difícil de distinguir.

Mi querido muchacho, le replica Sosie, la gente que se siente culpable es como nosotros: almas decentes y honestas que lloran porque no pudieron impedir lo ocurrido, no porque ellos lo causaran.

¿Y de que servían la culpa y las lágrimas, preguntó, cuando la verdad era aún más terrible? ¿Quería Eric la verdad? Entonces debía escuchar lo peor. Habían hecho faltan millares (cientos de millares, según algunos), para formar los SS y las SA, para dirigir los campos de concentración y todas las fuerzas de represión en los países ocupados. Y eso, si hablábamos solo de nazis fanáticos, no de la gente inocente que se vio arrastrada.

¿Dónde se imagina el mundo entero que se han ido esos fanáticos?  -  inquirió -.  No se han esfumado. Se hallan en toda Alemania, en ambas zonas, trabajando pacíficamente sin la menor sensación de culpa por lo que hicieron en el pasado. Te dirán que sólo obedecían órdenes de sus superiores. Es gente sin rastro de conciencia ni de alma, gente que puede encender el gas que asesina a millones de personas y después decir: “Estás manos no son mías. Soy una herramienta. Un cero”, y un cero no puede sentir culpa, ¿no es así?

Eric sacudió la cabeza, cansado. Pero todos tenemos la culpa: los que hicieron esas cosas y el resto del mundo, que permitió que se perpetrasen crímenes así. Y míranos ahora. Todo el mundo habla de los “exnazis” como si le diese miedo ofenderlos.

Es claro - exclamó Käthe -. Porque ya no poseen un partido. No lo necesitan. Les conviene más seguir siendo nazis convencidos y trabajar en otros partidos como hacían al principio. La gente de fuera que siempre anda diciendo que el fascismo ha muerto en Alemania está loca de atar. Nosotros, los que vivimos aquí, nos vemos rodeados constantemente por terribles recordatorios de que el pasado no es el pasado. Sigue siendo el presente.

Lo sé, puedo sentirlo res, respondió Eric. (…..) No hace falta que me convenzáis - dijo con voz llena de cansancio y frialdad -. Yo soy el que va diciéndole a la gente que Alemania sigue saturada de nazis.

El nombre está muerto y enterrado, lo que viene a ser la etiqueta. Nadie sería lo bastante imbécil como para revivir a los nazis en cuanto partido o fuerza política. Sin embargo, hay millones de personas en Alemania hoy en día que no pueden decirlo abiertamente, aunque en lo más profundo de su corazón recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado.

Käthe se detuvo para contemplar el rostro de Eric, el trémulo juego de llamas y sombras sobre la carne pálida.

Como ves-  concluyó por él -  las cosas son peores de lo que te imaginabas

No, - respondió-. Si servía de consuelo, y en aquella época uno tenía que encontrar consuelo en los hechos más variopintos, él había sabido a qué atenerse en su viaje a Berlín.  Lo único que le dolía, confesó Eric, es que no veía salida ni solución, ni esperanza alguna para una humanidad que repetía los mismos errores, los mismos deslices, generación tras generación.

¿De qué nos sirvió arriesgar la vida cuando éramos jóvenes? – exclamó-. ¿Qué conseguimos? ¿Qué bien le reporto a mi padre morir de modo tan heroico en la cárcel?

Querido muchacho, eres demasiado viejo para preguntas tan fútiles. - la voz de la tía Rosie atravesó la penumbra, estentórea y reconfortante-. En esta vida hacemos lo que debemos hacer, según nos dicta nuestra conciencia individual. Tu padre escogió su muerte y al hacerlo creció espiritualmente. ¿Qué más se puede pedir?”


(Y a partir de aquí, en la novela, Eric lee en voz alta, fragmentos de lo que su padre pudo escribir y, corrompiendo a sus guardianes, sacar de la cárcel, antes de que muriera en su celda).

sábado, 8 de julio de 2017

Ha muerto Peter L. Berger

Ha muerto Peter L. Berger

En el recuerdo del inmenso Peter Berger, fallecido el pasado 27 de Junio en su domicilio en Boston, “a un tiro de tranvía del instituto que fundó” (Sergio Vila-Sanjuán en La Vanguardia Cultura/s del 8 de Julio de 2017)

                                                           xxxxxxxxxxxxxxx


Algunas notas sobre Peter Berger en el arranque del primer capítulo de mi nuevo libro “Morir para renacer” (subtítulo provisional, “Otra Iglesia en la era secular, global y plural”) que publicará San Pablo después del verano

Introducción: de la muerte de Dios a los múltiples altares de la modernidad

El año 1882, Friedrich Nietzsche, publica su obra “La Gaya Ciencia “, en cuya sección 125 escribe su repetida afirmación de que ¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado!, para añadir, tres líneas después que “no hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia”. Con la muerte de Dios, con la ejecución de Dios cabría decir, nace la posibilidad del super hombre. Vale la pena, aun recortado, traer aquí el texto de Nietzsche.

(….)

El año 2014, el gran sociólogo vienes, afincado desde los tiempos del nazismo en EEUU, Peter L. Berger, con sus 85 años a cuestas, publica un pequeño gran libro, que, en su traducción al castellano, he leído con fruición y que me acompañara en gran parte de los dos primeros capítulos del presente libro[1]. Peter Berger, en un momento de su publicación se refiere al texto de Nietzsche que hemos mostrado líneas arriba indicando que “a su juicio se trataba tanto de una predicción del futuro de la religión como de una declaración del propio rechazo que Nietzsche sentía por ella”. Y, continúa Berger: “el área metropolitana de Boston, donde vivo, tiene más universidades y centros de educación superior por kilómetro cuadrado que ninguna otra parte del mundo. A resultas de ello, encontramos algunas de las pegatinas de coche más curiosas. Vi la siguiente, justo saliendo del patio de Harvard: Querido señor Nietzsche: Usted está muerto. Sinceramente suyo: Dios. Esto se acerca bastante a la realidad empírica de nuestro tiempo”. A renglón seguido escribe Berger que “el mundo contemporáneo, con algunas excepciones, es tan profundamente religioso como en cualquier otro momento de la historia”[2]. Pero, echemos la vista medio siglo atrás.

En la década de los años 60 del siglo pasado vuelve con fuerza la idea de la muerte de Dios, preconizada por Nietzsche, en el ámbito de la sociología de la religión. Su influencia, particularmente en Europa (una de las excepciones de Berger, a las que volveremos, en su texto de 2014, arriba citado), fue enorme y, en muchos sitios, España sin ir más lejos, continua en nuestros días. Señalemos unos pocos títulos publicados aquellos años. Gabriel Vahanian, “La muerte de Dios en 1961”, A. T. Robinson “Sincero para con Dios” el año 1963, Harvey Cox el año 1965 “La Ciudad secular”. 

(…)

El fenómeno de la secularización

(….)

Las aportaciones de Peter L. Berger en la sociología de la secularización.


Las dos excepciones son, según Peter Berger, en primer lugar, Europa Occidental, aunque señala que en muchos países de Europa en realidad es más la desafección hacia las Iglesias oficiales que una secularización en toda regla, pues diferentes indicadores muestran la fuerza de la presencia de la religiosidad, cristiana mayoritariamente, en la población. Los cristianos conformaban el grupo religioso más numeroso del mundo en 2015, constituyendo casi un tercio (31%, 2.300 millones de personas) de los 7.300 millones de habitantes de la Tierra. Los musulmanes, el segundo lugar, con 1.800 millones de personas, es decir, el 24% de la población mundial, seguidos de religiosos "nones" (como los denomina Pew Research Center), incluyendo bajo ese término a los ateos, agnósticos y a quienes no se posicionan en religión alguna. Lo cifran en 1.200 millones de personas, el 16% de la población mundial.

(…)

La otra excepción esgrimida por Peter Berger, y a la que da incluso más consistencia que a la anterior la refiere así: “existe una sub-cultura internacional, la compuesta por personas que han recibido una educación superior occidental, y en particular en humanidades y en ciencias sociales que, en efecto, se ha secularizado. Esta sub cultura es el principal vector de las creencias y de los valores progresistas heredados del Siglo de las Luces. Aunque sus miembros no son muy numerosos, son muy influyentes y controlan las instituciones que producen las definiciones “oficiales” de la realidad, en el sistema educativo, en los medios de comunicación de masas, y en la cúpula del Estado. Se parecen, de forma llamativa, en el mundo entero, como se ha comprobado desde hace mucho tiempo (aunque, los protagonistas de esta cultura apenas se encuentran en el mundo musulmán). No soy capaz de explicar la razón por la que aquellos que han recibido este tipo de educación son tan accesibles a la secularización. No puedo sino subrayar que lo que observamos aquí es la cultura de una élite globalizada[5].

Pues he aquí que llega a mis manos el otro trabajo de Peter Berger que ya he señalado en la introducción de este libro y en las primeras páginas de este capítulo[6]. Berger, parte de sus trabajos anteriores, cita el de 1999 cuya tesis central resumo arriba, y sin desdecirse completamente de sus tesis anteriores, da un paso atrás para señalar que muchas de las tesis de la secularización eran más válidas de lo que él mismo daba a entender en 1999, y da un paso adelante para significar que hay que añadir otro concepto, otra realidad empírica omnipresente que “puede estar vinculada o no a la secularización, pero es independiente de ella” (p.10-11). Se refiere al pluralismo reinante en la modernidad. Afirma que “el pluralismo constituye el gran desafío al que se enfrenta en nuestros días cualquier tradición y comunidad religiosa” (p.41) Berger muestra empíricamente y defiende sociológicamente lo que denomina, a lo largo de todo su trabajo, los dos pluralismos en la sociedad actual en el ámbito de lo religioso, (aunque, el pluralismo no se limita a ese ámbito, insiste en ello), a saber, la coexistencia de diferentes religiones, por un lado, y la coexistencia de los discursos secular y religioso, por el otro.

Respecto de la coexistencia de los discursos secular y religioso, ya muy avanzado el texto, Berger escribe: “sostengo que la teoría de la secularización original estaba equivocada en su premisa fundamental, según la cual la modernidad conduce al declive de la religión. Pero no era tan errónea como sus críticos creían. Sí, el mundo contemporáneo está lleno de religión; pero existe también un discurso secular muy importante que ha llevado a que aquella sea reemplazada por formas de enfrentarse al mundo etsi Deus non daretur (como si Dios no existiera). El individuo moderno puede desarrollar, y en muchas ocasiones ciertamente lo ha hecho, la capacidad de emplear definiciones de la realidad tanto seculares como religiosas, dependiendo de lo que sea directamente pertinente para el caso en cuestión. El tema de la religión y la enfermedad es un ejemplo destacado al respecto”[7]. En efecto, es algo obvio: se puede rezar para librarse de una enfermedad, pero se acude al médico. Para Berger nuestra época no lo es tanto de increencia cuánto de duda. Así pues, la gestión de la duda se convierte en una tarea importante, tanto para el creyente individual como para la institución religiosa.

En este orden de cosas, no me resisto a trasladar aquí una reflexión de un delicioso y profundo libro-diálogo con Charles Taylor, cuya lectura me ha aportado mucho más de lo que doy a entender en esta publicación. Taylor tras criticar (comentando a Merleau-Ponty y a Hölderlin) la aprehensión del mundo a través del reduccionismo de la razón a la sola racionalidad científico-técnica, apunta, citando a Dostoievsky, “que el ateísmo puede conducir a dos escollos morales: el nihilismo disfrazado de hiperliberalismo, y la codificación ética en una lógica totalitaria”. Aunque, admite a renglón seguido, que, particularmente el segundo escollo, no es extranjero a determinadas posturas religiosas, concluye afirmando que “personalmente cree que un cristianismo auténtico es justamente un antídoto a estos dos escollos”[8].

No otra cosa defiende Peter Berger quién, tras confesarse “luterano muy liberal a nivel teológico” (p.46), concluye su texto, que reproduciré en extenso, más adelante en este libro, con estas frases: “Pascal describió la condición humana como aquella que está en algún punto entre ´la nada y el infinito´ (le neant et l´infini). Esta condición se halla envuelta en el misterio. Los seres humanos se han interrogado sobre este misterio a lo largo de la historia. Y la religión ha sido el principal vehículo para manifestar este asombro (…) Esta libertad pone un límite al poder del Estado; es un derecho fundamental que precede y prevalece sobre la democracia o sobre cualquier otra forma de gobierno. No precisa de una justificación instrumental. Si, tal como sucede, la libertad religiosa también resulta útil a nivel político, puede considerarse un beneficio por el que dar gracias”[9].

Pero ahí no concluye el libro, en excelente edición y traducción. En apretadas “Tres Respuestas”, los sociólogos profesores Nancy Ammerman (EEUU), Detlef Pollack (Alemania) y Fenggang (China) comentan y critican el texto de Berger. Sus aportaciones, de gran relevancia, enriquecen aún más el interés de esta publicación y nos detendremos en ellas, en el presente libro, particularmente en su 2º capítulo. Abordemos ahora la cuestión de la duda en la fe religiosa.




[1] Peter L. Berger. “Los numerosos altares de la modernidad. O. c.
[2] Peter Berger, “Los números altares de la modernidad…”. O. c. p. 50-51. 
[4] Peter Berger (di). “Le réenchantent du monde”, Bayard, Paris 2001, p.15.
[5] Peter Berger, “Le réenchantent du monde”, O, c, p.26
[6] Peter Berger, “Los numerosos altares de la modernidad…”. O. c. 
[7] Peter Berger, “Los numerosos altares de la modernidad…”. O. c. p.114.  
[8] Charles Taylor. “Les livres qui rendent libres. Les avenues de la foi. Entretiens avec Jonathan Guilbault”. Bayard Editions, 2016, p 126-127.
[9] Peter Berger, “Los numerosos altares de la modernidad…”. O. c. p. 175-176. Magistral final para un texto magistral. Y Peter Berger tenía 85 años cuando lo escribió.

viernes, 30 de junio de 2017

Un funeral en Kanbo

Un funeral en Kanbo

El 3 de junio pasado, dimos sepultura en Kanbo (Cambo les Bains) a Isabelle, una prima de mi mujer. Isabelle nació en París, hija de un refugiado vasco de la guerra civil que encontró su pareja en Francia. A la muerte de sus padres, Isabelle decidió venir a vivir al País Vasco. Se casó y tuvo una hija, Mayie y un hijo, Theo, quienes, con su padre, lloran la muerte de su madre y esposa. A Isabelle, en septiembre de 2016, se le declaró un cáncer insuperable. Llevó su enfermedad con una entereza y un ánimo increíbles. Isabelle, fue una mujer de fe viva, que, como otras mujeres más famosas, así Teresa de Jesús y Teresa de Calcuta, combinó la cocina y los pucheros, con la catequesis y la entrega a los necesitados, en su familia, en su vida cotidiana, en la parroquia de Kanbo y en la diócesis de Baiona. Una de las personas que trabajó con ella en la diócesis me decía que era una mujer de carácter, capaz de una entrega sin fin, y sin pelos en la lengua. Plantó cara a más de una decisión episcopal que consideraba nefasta.

Isabelle, en cuanto supo que iba a morir, decidió cómo serían sus funerales. Fechas antes de su fallecimiento ya teníamos los detalles. Partituras incluidas. Quiso llegar a Pentecostés y llegó a su víspera. Ese sábado, estaba el templo abarrotado de personas de edad avanzada, la gran mayoría mujeres, aunque había también hombres, sobre todo en los coros laterales de la maravillosa Iglesia de Kanbo. También amigas y amigos de Mayie y de Theo. Le ceremonia estaba fijada a las 16 h. Llegamos media hora antes, y nos encontramos con la Iglesia prácticamente llena (faltábamos los familiares) ensayando los canticos de la ceremonia. Durante la misma, los asistentes cantaron como solemos hacerlo los vascos: con fuerza, fervor y emoción. No poco de lo que se cantó nos era conocido: desde Bach al Gure Aita, con un doble coro intenso, para acabar con el Agur Jesusen Ama que se encargó bien, en el ensayo, el director, que llevara el ritmo del zortziko. 

Nos dijo el celebrante en la homilía, que Isabelle le había prohibida que hablara de ella, que comentara solamente las lecturas. Las que ella había seleccionado: el himno a la caridad de Corintios XIII y el fragmento clave del juicio final de Mateo 25. Fue enterrada en la pequeña localidad de Itxassou a pocos kilómetros de Kanbo. Con unos granos de simiente, y con arena de las playas de Donosti, donde correteo su padre.

No pude no constatar que estaba asistiendo a un ritual de una Iglesia a punto de desaparecer. No pude no sentir un punto de nostalgia. Vi lágrimas en la ceremonia. Al final de la misma, quien hizo de organista, nos leyó unas frases de despedida escritas por Isabelle, donde nos decía que nos esperaba a todos, lo más tarde posible, y que, a la salida del templo nos entregarían unas simientes de flores y hortalizas a cada uno de los asistentes, como símbolo, para que las hiciéramos florecer. Y añadió el texto de Juan 12, 24: "En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto." 

Allí entendí que la vida y la muerte de Isabelle eran preludio de otras vidas. Allí entendí que la muerte de una Iglesia, en la que acababa de vivir uno de sus últimos actos, aunque lleno de fervor, tenía que morir, para renacer en otra Iglesia. Otra Iglesia en la que Isabelle, no solamente hubiera organizado cómo hacer su funeral, sino que, con el último hálito de su vida, hubiera presidido una eucaristía de despedida, con su familia, con sus amigos, con los que había catequizado, bendiciendo el pan y el vino, como Jesús en el huerto de los olivos la tarde del jueves santo. Isabelle no lo vio. No lo vivió. Yo tampoco viviré en la Iglesia Católica una mujer presidiendo la eucaristía, experiencia que compartimos, con profunda emoción, mi mujer y yo, con la comunidad anglicana en la Catedral de Saint Paul en Londres, hace años. Pero, estoy seguro que lo verán mis nietas y nietos, y las nietas y nietos de mis hermanos, primos, cuñados, amigos, de los que ya hemos pasado largamente los setenta años de edad. Lo verán en el Buen Pastor, en Begoña, en la Catedral Nueva en Vitoria-Gasteiz, en Iruña, en Roma…. Y, como leía en una novela extraordinaria, (“Vaticano 2035” de Pietro de Paoli) habrá una papesa negra casada con un blanco, acunando a sus críos, que les habrán salidos, ¡mala suerte!, llorones nocturnos.

Una iglesia debe morir, para no quedarse sola, como la semilla que no muere, pues, si no muere, dejaría de ser iglesia para convertirse en secta. La actual iglesia, afortunadamente, está muriéndose. Estamos viviendo los estertores de la era de la cristiandad en la que la iglesia, aliada al poder, coronaba reyes, imponía su ley a creyentes y no creyentes, daba certificados de buena conducta, nos metía el miedo en el cuerpo con las calderas del fuego eterno.

Vivimos en la era Internet. Una era global, en la aldea mundial, una era plural, en ideologías y creencias dispares, que se entrecruzan, entremezclan, sin departamentos estancos, donde creyentes y no creyentes, a poco que se hablen, se reconocen no tan distintos, aun cada uno con su propia visión de las cosas. Una era en la que, por mor del dios Dinero y la codicia que conlleva, las diferencias se están haciendo mayores entre opulentos y descartados. Se precisa otra Iglesia para esta era. El centenar de generaciones de cristianos que nos han precedido nos han mostrado que han sabido adaptarse a los tiempos que les tocó vivir. Con mayor o menor fortuna, con grandes aciertos y ejemplos admirados por quienes miran con ojos limpios, pero, también, con enormes errores, a menudo con trágicas consecuencias de las que nos avergonzamos y tratamos de aprender, para no recaer.

Los cambios de nuestro tiempo son más rápidos y profundos que nunca. Por eso, hoy, quizás más que nunca, debamos atender las palabras que Juan pone en boca de Jesus, y que Isabelle nos recuerda, lo repito: "si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn. 12,24). No tengamos miedo a la muerte de una Iglesia; no permitamos el riesgo de que se quede sola, cual secta de puros. Pero cuidemos en acertar su renacer. Ahí, Jesús de Nazaret, hijo de José y Maria, un Dios humano, quién, al dirigirse a Dios, le llamaba Abbá (mezcla de “jaun” y “aitatxo”); una Iglesia que se busca; la oración de escucha en el silencio de la noche del alma; los gritos de los necesitados, a menudo silentes, a menudo tapados en el ruido de las redes sociales y de los medios de comunicación social; y la reflexión y el bien hacer de tanta gente de buena voluntad, todo ellos, nos ayudarán y orientarán en el empeño.


Acabo de terminar otro libro que ya he enviado al editor. Sobre estas cosas. En Kanbo entendí que debía titularlo “Morir para renacer”.

domingo, 4 de junio de 2017

Macron y Ricoeur, vistos desde Euskadi

Macron y Ricoeur, vistos desde Euskadi

El 15 de mayo pasado, una semana después de la entronización de Emmanuel Macron como Presidente de Francia, me entero por un extenso reportaje en “Le Monde” que su nuevo presidente fue discípulo aventajado del inmenso Paul Ricoeur y, pese a la diferencia de edad, cercano a su persona, y amigo de su familia. Macron se inscribe, de lleno, en el paradigma ricoeriano de la superación de la binariedad: no esto o aquello, sino esto y aquello. Y, al mismo tiempo. En este artículo voy reseñar dos ideas centrales de Ricoeur-Macron y aplicarlas a Euskadi. 

Toda identidad narrativa nos lleva a un relato plural. Ricoeur decía el año 2005 que “todos los acontecimientos no se hacen visibles e inteligibles más que cuando son relatados”, dando así lugar a la “identidad narrativa”, identidad que no estará fijada de una vez por todas, ni por un solo relator, pues el relato siempre ofrece la posibilidad de contar lo sucedido de múltiples formas, en razón, por un lado, de lo que hayamos decidido relatar y, del otro, de que siempre hay “otros” que también tienen su propio relato. La identidad narrativa, salvo a encerrarse en una urna de cemento armado, y no escucharse más a sí mismo y a los suyos, será siempre plural. Toda identidad narrativa, la que a fin de cuestas queda, será una identidad plural. Y aquí entra el nuevo presidente Macron.

En un mitin en Reims dijo esto: “Algunos de nuestros adversarios dicen que hay algunos auténticos franceses, de matriz, y raíz, francesa. Yo no sé lo que es una matriz única; tenemos muchas raíces. Luego, nuestro proyecto es el auténtico proyecto patriota. Porque ser patriota es amar el pueblo francés, su historia, pero amarla desde una perspectiva abierta. El proyecto nacional francés nunca ha sido un proyecto cerrado”. Así, el proyecto identitario francés se inscribe en “ser yo mismo como otro”, en interrelación con los otros, una de las tesis clave de Ricoeur: “Sois - même comme un autre”.

Pasemos ya a Euskadi. Yo me hago vasco, desde la cuna quizás, desde el proyecto de futuro compartido, sin duda alguna. Compartido por quienes ya viviendo entre nosotros tengan sensibilidades distintas, Compartiendo con los que vienen de fuera a compartir su vida con nosotros. Eso sí, todos, buscando una Euskadi mejor, con la mayor capacidad de decisión posible en el mundo de hoy, “independiente en la interdependencia”, en expresión de Edgar Morin, que traje a estas páginas hace tres semanas.

En un artículo que publiqué en el número 55, en la Revista de Pensamiento e Historia “Hermes”, el pasado mes de mayo, escribía que “habida cuenta de la actual demografía en Euskadi, y sus tasas de natalidad, es evidente que necesitamos, y necesitaremos más en el futuro, la aportación de personas que vengan de otras latitudes. Es preciso reflexionar sobre el concepto de nación, en una sociedad que ya es pluralista y plural. Pluralista entre nosotros, los autóctonos, plural con los que vienen a vivir con nosotros. Luego no podemos pensar la identidad como algo cerrado, inmutable. Hemos devenido pluriculturales y debemos tener capacidad de vivir juntos, aun siendo diferentes, y amar a este país. Pero, además, es preciso que, las personas que acojamos, amen también nuestro país. Si les ofrecemos una visión negativa, ellos no pueden amarle. Sin embargo, si los vemos como personas que nos pueden aportar algo, lograremos crecer juntos y que, ellos también, digan ´ni euskalduna naiz´. Nos va en ello el futuro de la nación vasca”.

Por una reconciliación de las Memorias. El estudiante Macron, con 24 años de edad, además de corregir y completar las notas a pie de página, y permitirse algunas sugerencia en la última gran obra de Ricoeur, “La Memoria, la Historia, el Olvido”, le escribe una carta, acompañando a sus notas, en la que le dice que “tras leeros y seguir vuestros análisis me entra el deseo de seguiros y el entusiasmo de compartir vuestros pensamientos; soy como un niño fascinado a la salida de un concierto o de una gran sinfonía, que martiriza su piano para formar algunas notas”. Paul Ricœur, en ese gran libro, sostiene la idea de la "política de la memoria justa”, que tantas veces he defendido en mis trabajos refiriéndome a la cuestión de la Memoria en Euskadi. Ricoeur, por otra parte, se dirá “perturbado por el inquietante espectáculo del exceso de memoria por aquí, el exceso de olvido por allí, así como por el influjo de tantas conmemoraciones y abusos de memoria y de olvido”. Lo que le causó no pocas incomprensiones, ya al final de su vida.

Macron no ha dudado en llamar “verdadera barbarie” y “crimen contra la humanidad” la actuación de Francia en Argelia. En efecto, en plena campaña electoral, el mes de febrero pasado, en Argel, pronuncio un discurso del que entresaco estas frases: “Yo he condenado siempre la colonización como un acto de barbarie. La colonización forma parte de la historia de Francia. Es un crimen contra la humanidad. La colonización es parte de un pasado que debemos mirar de frente, presentando nuestras excusas a aquellas y aquellos que no hemos respetado. (…) Pero, reconociendo este crimen, yo no quiero que caigamos en la cultura de la culpabilización sobre la que no se construye nada”.

Por favor, lean y relean esas frases. Francia cometió un crimen contra la humanidad. Debe pedir perdón, pero no debe enfangarse en la culpa. No lleva a ningún lado. A unos franceses les molestó, y mucho, que Macron dijera que Francia había cometido un crimen contra la humanidad. A otros, les molestó que les dijera que, saldadas las cuentas, hay que mirar adelante. Con generosidad. Ricoeur en estado puro.

Un amigo euskaldun, que vive en Euskadi, y que tuvo la suerte y el privilegio de tener a Ricoeur como profesor, y como decano, en Nanterre, en los tiempos de mayo del 68, me escribió, comentando estas cosas: “me pregunto si no habría aquí una palanca conceptual para construir la narrativa que necesitamos en el País Vasco. Un país plural, abierto y diverso. La referencia de este político que ha denunciado la colonización de Argelia como “un crimen contra la humanidad” y “al mismo tiempo” (expresión clave para superar el pensamiento binario) reconocer el sufrimiento de los pieds noirs, (los que lucharon por la Argelia francesa), ¿no nos podría inspirar, hoy, aquí, una “reconciliación de las memorias”?

Por supuesto, claro que sí. Una vez saldadas las cuentas, todas las cuentas, con justicia y humanidad. No veo otro camino.  O eso, o el enrocado sin fin. Como el de las dos Españas, (y las dos Euskadis), todavía zahiriéndose con los nombres de las calles, cuarenta años después de la muerte de Franco, y ancianos preguntándose donde están enterrados sus padres y familiares, ochenta años después de su insurrección.

No sé cómo será Macron de Presidente. ¿Otra esperanza frustrada? ¿Otra ilusión perdida? Nadie lo sabe, pero al menos, ahora, a mí, me permite la esperanza de la ilusión, aun sin hacerme demasiadas ilusiones.