domingo, 7 de mayo de 2017

El nacionalismo en la era de la globalización

El nacionalismo en la era de la globalización


Decir que vivimos en la tierra como patria común de todos los humanos es un tópico, pero no ello es menos cierto. Esta interdependencia de las vidas de unos ciudadanos con las vidas de otros, incluso alejados geográficamente es una realidad que, día a día, es más evidente. La desaparición de la alternativa socialista como modo de organización de la sociedad y como alternativa al modelo capitalista que se simboliza en la caída del muro de Berlín el año 1.989, al que cabe añadir el continuado derrumbe de la social democracia y el auge actual del liberal-conservadurismo en lo que llevamos de siglo (Trump, Brexit, Fillon, Rajoy…) ha añadido al fenómeno de la globalización la percepción (aun falsa) de que no hay recambio. Es el triunfo de lo que en su día se denominó como “pensamiento único”, porque se pretende que no hay más que un modo de organización de la sociedad.

Pero esta globalización trae como consecuencia, por un lado, una concentración de poder en cada vez menos manos al par que una atomización, en niveles diversos. Hablando del primer aspecto quizás el fenómeno más importante a señalar es el de mundialización de la economía con la gran masa de capitales flotantes de un sitio a otro según las conveniencias de los mercados. La consecuencia es evidente: una concentración de decisiones en muy pocas personas y un desistimiento de la mayoría a la hora de responsabilizarse de sus actos. Nunca tan pocos han tenido tanta capacidad de decisión sobre tantos y en tantas cosas.

Pero la globalización, cual espejo invertido, tiene otra cara bien distinta. Me refiero a la atomización de la sociedad, a lo que los sociólogos venimos llamando la individualización de la sociedad. Los miembros de esta sociedad se sienten tanto más atomizados cuanto más perciben el carácter general, lejano, inalcanzable, inasible e incomprensible de las decisiones que adoptan unos pocos y que, sin embargo, tiene una gran incidencia en su vida cotidiana. Uno de los mayores retos al que nos enfrenta la actual situación de globalización es el del individualismo creciente, temeroso, apocado, con la percepción de pequeñez y fragilidad, sí, pero de revuelta también. En definitiva, de incertidumbre, término este último que considero que es el que mejor define el rasgo central de los ciudadanos de la sociedad occidental de comienzos del siglo XXI. Una sociedad rica, opulenta incluso como la definió Galbraith hace tiempo, una sociedad con abundancia de bienes, pero temerosa de perderlos, sociedad que siente el escozor de su abundancia cuando no puede no compararse con la suerte que corren las gentes de otros países, sociedad en gran medida desbrujulada y sin mayores objetivos, que busca en la proxemia de grupos cercanos por toda suerte de afinidades, refugio, seguridad e identidad. Nunca tanta gente ha tenido tanto y, al mismo tiempo, se ha sentido tan insegura y se ha percibido tan frágil en lo material y en lo nómico.

En efecto la otra cara de la moneda de la mundialización es la búsqueda de entornos más próximos que puede presentar modalidades diversas. Algunas claramente inquietantes. Es lo que vemos actualmente en la construcción de la Unión Europea que vive la polarización de una Europa de los Estados, por un lado, y el enfeudamiento de algunos de esos Estados en sí mismos, rehuyendo de la posibilidad de esa Europa que en feliz expresión de Amin Maalouf es una utopía que se está haciendo. Pues bien, es en este contexto en que quiero mirar, al nacionalismo del siglo XXI.

Hace años leí un excelente artículo, de Alain Dieckhoff y Christhophe Jaffrelot, publicado en 2004 en “Critique Internacional”, titulado “La resiliencia del nacionalismo frente a la mundialización”. Casi a su término se referencia la tesis de Habermas quien ve en la Unión Europea el primer ejemplo de una democracia más allá del Estado nacional, lo que no supondría la creación de un nacionalismo europeo, nacionalismo que lo considera imposible e indeseable. Habla Habermas de “las dos caras de la nación, primera forma moderna de identidad colectiva que se nutre aún de proyecciones de una comunidad de origen. La nación oscila entre el natural imaginario de un pueblo étnico y la construcción jurídica de una nación de ciudadanos” (Après l´État-nation: une nouvelle constellation politique. Paris Fayard, 2000)

De ahí que haya tenido tan poco éxito la Unión Europea pues si bien, a trancas y barrancas, su realidad jurídica es ya una formación clara, deseada y paradigmática en el planeta, por el contrario la identidad nacional europea está en un nivel más que incipiente y, cuando se da, es un sentimiento secundario y siempre compartido con el sentimiento de identidad y pertenencia primario y fundamental: la ciudadanía que no tiene mayores problemas en reconocerse europeo, sin embargo se dice, se siente y se implica en primer lugar, como vasco, español, catalán, francés etc. De ahí la distinción entre la ciudadanía europea (derecho, tributos, banca, movilidad, titulaciones académicas etc.) y la identidad (lengua, cultura, costumbres, educación, modelos familiares, hasta religión en algunos enclaves protestantes, etc.) que se satisfacen en una nación que, hasta la fecha, ha sido el estado nación. Estado nación que no ha tenido problemas en fusionarse, por ejemplo, en la Unión Europea (como hay otros ejemplos en el planeta con sus singularidades propias) pero solamente en su dimensión ciudadana, habiendo fracasado estrepitosamente en su dimensión nacional (con la excepción, importante de EEUU, pero EEUU no quiere recordar la historia de sus aborígenes). En otras palabras, en Europa existe una ciudadanía común europea pero no una nacionalidad común europea y es, precisamente, el temor de algunos ciudadanos (como los franceses y holandeses) de ver perder su nacionalidad especifica de franceses y holandeses lo que explica, en gran medida, el fracaso del tratado de la Unión cuyo proyecto lideró, en su día, Giscard d´Estaing.

Si la construcción europea como tal nacionalidad europea es complicada con determinadas naciones estado (Francia, Alemania, Holanda, Dinamarca etc.) que no quieren perder su identidad nacional, no es difícil imaginar que la presencia de naciones sin Estado (Euskadi, Cataluña, Flandes, Córcega, Escocia …) complejiza aún más el problema de la construcción europea, más allá de sus estructuras jurídicas. E, incluso, en sus estructuras jurídicas, en el concepto y asentimiento de la idea de la ciudadanía europea, a veces parece como que hubiera una huida hacia adelante creando organismos en Europa con gran poder sobre los ciudadanos, como la Comisión Europea y sus comisarios europeos, que no han sido elegidos por los ciudadanos. En cuyo caso la dimensión jurídica de Europa puede limitarse, si no se cambia el rumbo, a ser poco más de que lo que fue en sus inicios: una zona económico-social, ahora, en una parte de la UE con la moneda común.

Es evidente a todas luces que, todavía, hay déficit democrático evidente en la gobernanza de la UE. Todavía. Pero aun salvando la dimensión jurídica de la UE, aun apostando firmemente por la ciudadanía europea, como es mi caso, veo mucho más lejana la nacionalidad europea. En efecto la identificación cultural, simbólica, emocional, la realidad geográfica por la que los ciudadanos europeos estamos dispuestos a sacrificarnos, de la que nos sentimos más o menos orgullosos, en otras palabras, nuestro sentimiento de pertenencia, no es Europa. Seguirá siendo el sentimiento nacional. Basta ver, sin ir más lejos, las olimpiadas, los campeonatos del mundo de fútbol, o cualquier competición deportiva internacional para comprobar cómo los medios de comunicación sitúan en primer y preferente lugar en sus informaciones lo que han hecho los deportistas de sus naciones respectivas. Y si lo hacen así es porque saben que la gran mayoría de los ciudadanos quieren saber qué han hecho “sus” deportistas. Las olimpiadas hace mucho que no son tales, sino competiciones inter-nacionales. Si es que alguna vez han sido otra cosa.
De ahí la exigencia de una Euskal Selectioa por parte de los nacionalistas vascos y su rechazo por los homólogos nacionalistas españoles, más allá de querellas jurídico-históricas cuando se hacen comparaciones de la realidad entre Gran Bretaña (o, muy significativamente, Reino Unido), Inglaterra, Gales y Escocia por un lado y España, Euskadi y Catalunya por el otro. Aquí estamos en el terreno de las nacionalidades, no en el de los ciudadanos.

La no muy lejana votación por la independencia de Escocia se saldó con un reajuste a favor del ejercicio de la nacionalidad escocesa, aún bajo el estado británico. Esta solución no me desagrada, a condición de que Catalunya y Euskadi puedan expresarse, como lo hizo Escocia, y participar en algunas instancias europeas (no solamente deportivas) como tales. Pero, si el Estado Español se opone al deseo de vascos y catalanes de expresarse cómo quieren que sea su relación con España, de hecho, la UE y España, están legitimando y afianzando la apuesta de quienes sostienen la necesidad de que Catalunya y Euskadi se constituyan en estados. Lo que ha llevado a muchos catalanes (una ligera la mayoría hoy) a decir que no les queda otra salida que la independencia y luchar por el Estado catalán.

Lo que sucederá en Euskadi, en ese orden de cosas, está por ver. En la actualidad, la demanda de independencia es tan escasa como lo es el sentimiento de considerarse español. Las dos cosas. Además, bajo la reiterada afirmación de que la soberanía reside exclusivamente en el parlamento español, (lo que es falso pues ya se comparte esa soberanía con el europeo) muchos vascos decimos: “Ni euskalduna naiz”, “yo soy vasco”, “I am basque”….. Es lo que, en última instancia, explica la resiliencia de algunas naciones sin estado a no diluirse en el magma del “demos” universal. 

El futuro de Euskadi como nación depende de muchos factores. Hoy quiero, aquí, resaltar uno. No el más importante, quizás, pero, de su resolución depende su futuro. Habida cuenta de la actual demografía en Euskadi, con unas tasas de natalidad que hace años dejaron de permitir la mera reproducción de la población actual, es evidente que necesitamos, y necesitaremos más en el futuro, nada más que para mantener nuestro actual bienestar, la aportación de personas que vengan de otras latitudes. Próximas y lejanas. Es preciso reflexionar sobre el concepto de nación, país, en una sociedad que se ha convertido, nos guste o no, en pluralista y plural. Pluralista entre nosotros, los autóctonos, plural con los que vienen a vivir con nosotros. Luego no podemos pensar la identidad como algo cerrado, inmutable, que todo el mundo habría compartido en el pasado, como si los movimientos de personas no hubieran existido siempre. ¿Quién, en su genealogía, no tiene una rama que viene de otra parte? Hemos devenido pluriculturales y debemos tener capacidad de vivir juntos, entre nosotros, aun siendo diferentes, y amar a este país. Pero, además, es preciso que las personas que acojamos amen también nuestro país. Si les ofrecemos una visión negativa, ellos no pueden amarle. Sin embargo, si los vemos como personas que nos pueden aportar algo, lograremos crecer juntos y que, ellos también digan “ni euskalduna naiz”. Me gusta recordar la frase de Kennedy aplicada a Euskadi: “No preguntes qué puede hacer Euskadi por ti, sino qué puedes hacer tú por Euskadi”. Nos va en ello el futuro de la nación vasca.

Publicado en la Revista de Pensamiento e Historia “Hermes”. N º 55, mayo 2017 pp. 90-93


domingo, 9 de abril de 2017

Mis cuatro textos publicados tras la entrega de las armas de ETA



Mis cuatro textos publicados tras la entrega de las armas de ETA

9 de abril de 2017
Con motivo de la entrega de sus armas por parte de ETA a la Justicia francesa, con mediadores internaciones y de algunos miembros de la sociedad vasca, el 8 de abril de 2017, recibí varias propuestas de los medios de comunicación para que manifestara mis reflexiones al respecto. Cuatro de la prensa escrita, una de la radio y otra de la televisión. Reproduzco en esta entraba a mi blog, mis cuatro textos a la prensa escrita y comento mis intervenciones en la radio y en la televisión.

 A. En la prensa escrita. Me han solicitado y publicado cuatro artículos.  Son estos.
. “Verdad, Memoria e Historia, Justicia y Perdón”. (Publicado en DEIA, Noticias de Gipuzkoa y Noticias de Álava el 1º de Abril de 2017)
. “El Perdón, camino para la reconciliación”. (Publicado en el semanario “Vida Nueva”, n.º 3030, de abril de 2017)
. “Por la ´amnistía del corazón´, en Euskadi”. (Publicado en “El Periódico de Catalunya y en alguno más de la misma “marca” el sábado 8 de Abril)
. “Para la convivencia activa en Euskadi”. (Publicado en “La Vanguardia” el domingo 9 de abril)

B. Desde Catalunya Radio me llamaron para una entrevista radiofónica, no recuerdo si el 5 o el 6 de abril. La conversación se prolongó durante 40 minutos. No tengo ni idea de lo que emitieron en antena. El viernes 7 de abril me grabaron, durante unos 20 o 25 minutos en la 6ª TV. En Internet he visto que reproducían un par de frases que, fuera de contexto, no reflejan apenas mi pensamiento. Pero esto lo tengo asumido. Yo soy responsable de los que firmo y de los que digo, y se emite, en directo (o falso directo). Obviamente no me responsabilizo de los cortes que pueda sacer de mis entrevistas. Pero he de añadir dos cosas a este respecto. La primera para decir que, habitualmente, los medios de comunicación han reflejado fidedignamente mis puntos de vista. La segunda, que, desgraciadamente, la afirmación anterior era mucho más exacta hace años que ahora. En la actualidad muchos medios de comunicación han perdido calidad y ecuanimidad.


1.    Verdad, Memoria e Historia, Justicia y Perdón

(Publicado en DEIA, Noticias de Gipuzkoa y Noticias de Álava el 1º de Abril de 2017)

En una semana, ETA habrá entregado a la Justicia las pocas armas que le deben quedar, mediante una asociación o colectivo civil en Iparralde. Pero ha dejado una larga estela de dolor y sufrimiento que la sociedad vasca debe gestionar. Reflexiono, en lo que da sí un artículo de prensa, sobre la imprescindible búsqueda de la Verdad, las relaciones entre la Memoria y la Historia, la no menos imprescindible Justicia, y la dimensión personal y política del Perdón.

Verdad. La búsqueda de la Verdad debe ser, en la actualidad, uno de los principales objetivos a perseguir. La Verdad, tras tantos años de dolor, con la mayoría de las víctimas (exceptuadas las asesinadas), y allegados o testigos, todavía presentes, exige, de entrada, que se les escuche. Creo que es imperativo en estos tiempos, cuando a ETA ya le falta disolverse definitivamente, que toda persona que tenga algo que decir en orden a la clarificación de estos años de dolor, deba poder hacerlo. Sin eliminar a nadie, dando la posibilidad, a todos, de ofrecer su testimonio, sus vivencias. Y, todos quiere decir todos. Con garantías de que se respete su intimidad, aunque para la Historia, será necesario conocer su identidad, que podrá desvelarse, pasado un tiempo, si así lo desea el declarante. En la era digital, se puede mandar un tuit, escribir un comentario en el anonimato, y así nos va. Pero no vale para el esclarecimiento de la Verdad. Ya sé que algo de esto se está haciendo. Bien hecho. Creo que es fundamental.

Como creo fundamental que se esclarezca, hasta donde sea posible, los casos que deben quedar sin dilucidar todavía. Obviamente, si las armas que entregue ETA ayudan a ello, mejor. Pero, no se espere al esclarecimiento de todos los hechos para avanzar tras el final de ETA. Otros países, Alemania, Francia, Gran Bretaña etc., no esperaron a resolver los casos pendientes para normalizar su vida.

Memoria e Historia. El pensador Tzvetan Todorov, recientemente fallecido, escribió que “los individuos y los grupos tienen el derecho de saber, y por tanto de conocer y dar a conocer su propia historia; no corresponde al poder central (del Estado) prohibírselo o permitírselo. (…) no corresponde a la ley contar la Historia: le basta con castigar la difamación, o la incitación al odio racial” (yo eliminaría el epíteto “racial”, me basta el sustantivo). Las diferentes Memorias, personales y colectivas, dan lugar a diferentes relatos. He escrito, en libros, revistas y artículos de prensa sobre las trampas y debilidades de la memoria. He referido, entre otros, a Paul Ricoeur quien describe tres formas de memoria: memoria impedida (buscando el olvido de lo que no queremos admitir de nuestro pasado); memoria manipulada (al servicio de una identidad, de ahí “el frenesí de conmemoraciones” dirá Ricoeur) y memoria obligada, “deber de memoria”, por la deuda contraída con los que más han sufrido y, ello, baja la égida de una Justicia que busca la verdad, toda la verdad, donde el rigor de los historiadores y demás científicos sociales no debe olvidar, bien al contrario, la multiplicidad de relatos que provienen de las memorias personales y colectivas de los actores sociales.

Ciertamente no todos los relatos merecen el mismo juicio ético, el de los asesinos y el de los asesinados, el de los torturadores y el de los torturados, el del victimario y el de la víctima, el del que prioriza el valor de su patria (sea esta la que sea) sobre el de la persona concreta. Pero solamente la escucha de los diferentes relatos permitirá que el juicio ético sea más ecuánime. Y solamente la escucha de todos los relatos, el respeto a todas las memorias, permitirá a la Historia, la historia con mayúsculas, escrita por profesionales, ir construyendo la verdad de lo sucedido. Aun sabiendo que nunca se llegará a una historia, o a un relato unánimemente admitido. Basta mirar a la historiografía del franquismo, la de la primera guerra mundial (1914-1918) y, en estos días, la de la revolución rusa de 1917, para constatar que no hay un único relato, aunque, en lo esencial, la investigación histórica no ideologizada, llega a acuerdos básicos. Pasará lo mismo con ETA, pero dentro de unas décadas.

Justicia y perdón. Una sociedad no puede permitirse que nadie actúe contra los derechos humanos básicos, asesinando, aterrorizando, torturando, extorsionando, etc., etc., etc. Es labor de la Justicia saldar las cuentas de los daños causados y padecidos.

Los teóricos del derecho distinguen diferentes modelos de justicia. La justicia de excepción (para momentos excepcionales, como ahora en Francia, como en España contra ETA sin que todavía haya sido abolida); la justicia transitiva (la que se aplica ahora en Colombia, se aplicó en Irlanda del Norte, etc., a la salida de un enfrentamiento violento entre partes, que algunos quieren aplicar en Euskadi, otros la rechazan por lo que tiene de impunidad); la justicia de vencedores y vencidos, con impunidad para los primeros y vengativa para los vencidos (la del franquismo); la Justicia de la Amnistía, la del olvido, (la de la transición española); la justicia restaurativa, por la que personalmente me inclino, que consistiría en “un proceso en el que todas las partes implicadas en un delito en particular se reúnen para resolver colectivamente la manera de afrontar las consecuencias del delito y sus implicaciones para el futuro” (Tony Marshall).

Nos queda, también, la posibilidad del perdón. El perdón nos introduce en otra dimensión más allá de la justicia (insoslayable, por supuesto) y sienta, o fortalece, las bases de la reconciliación entre víctimas y victimarios. Para un cristiano, además, es imposible asistir a la eucaristía y no sentirse interpelado cuando rezamos “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. No se entiende a un cristiano que no trate de perdonar. Aun cuando sea difícil, en muchos casos.

Pero el perdón no es privativo de los cristianos, como mostré en estas mismas páginas reflexionando sobre la dimensión política del perdón (22/08/15). Escribí que “quien perdona de verdad sale de la situación de duelo y lleva mejor la del sufrimiento. Aunque el daño no se olvide y, en el fondo de uno mismo, tenga que luchar contra el rencor. Rencor que, si se transforma en odio, le impedirá, por siempre jamás, liberarse del duelo y vivirá ahogado en el sufrimiento. ¡Dichoso el que logre perdonar! ¡Dichosa la sociedad que, asumiendo todo su pasado, busque la concordia, mirando al futuro! El perdón es revolucionario”.

Si a la Justicia Restaurativa añadimos la capacidad de escuchar el dolor del “otro”, padecer con el “otro”, como se vivió, por ejemplo, en la extraordinaria experiencia de Glencree, y se está viviendo ahora, en la discreción, en no pocas experiencias entre nosotros, cabe pensar un futuro para Euskadi donde impere la convivencia activa, más allá de la mera coexistencia pacífica. ¡Gure esku dago!. 

2.    El Perdón, camino para la reconciliación
(Publicado en el semanario “Vida Nueva”, n.º 3030, de abril de 2017)

José María Tojeira, provincial de los jesuitas el año 1989 que asesinaron a Ellacuria y compañeros, expuso en el Centro Pignatelli de Zaragoza en 1996 la expresión "Verdad, justicia, perdón", que se haría paradigmática. Así, un grupo de expertos del Consejo Mundial de las Iglesias, la hizo suya el año 2009. Yo también me adherí, pensando en la reconciliación en Euskadi y la incorporé a mis textos. Actualmente, cuando ETA, al fin entrega las pocas armas que le deben quedar a la Justicia, reflexionando, completo la expresión de Tojeira que quedaría así: Verdad, Memoria e Historia, Justicia y Perdón.

A la cuestión de VIDA NUEVA de “¿Qué puede hacer la Iglesia hoy por la reconciliación en el País Vasco?, respondo que los católicos deben participar y colaborar, con las gentes de buena voluntad, en la búsqueda de toda la Verdad en lo que supuso el terrorismo de ETA, en la construcción de la “Memoria debida” a los que más han sufrido, superando la “Memoria impedida” y la “Memoria manipulada” (Ricoeur); aportar su testimonio para que los historiadores con el paso del tiempo vayan haciendo la Historia de lo ocurrido; así mismo, superando el olvido y la impunidad, propugnar una Justicia restaurativa, más allá de la excepcional, de la transitiva, no digamos de la vengativa. Pero, quizá, de forma más singular, la Iglesia, los católicos, empezando por la Jerarquía, debe mostrar la virtud sanadora del Perdón. Sí, el perdón nos introduce en otra dimensión más allá de la justicia (insoslayable, por supuesto) y sienta las bases de la reconciliación entre víctimas y victimarios.

Debiéramos meditar, aplicar, y mostrar estas frases incómodas de los evangelios: “si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt. 5-23-24). O esta otra en Lc. 6/ 32-33, “si queréis a los que os quieren, ¡vaya generosidad! También los descreídos quieren a quien los quiere. Y si hacéis el bien a quien os hace el bien, ¡vaya generosidad! También los descreídos lo hacen”. Además, es imposible asistir a la eucaristía y no sentirse interpelado cuando rezamos “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.  El perdón no es privativo de los cristianos, (hay perdones laicos) pero no se entiende a un cristiano que no trate de perdonar. Aun cuando sea difícil, en muchos casos.





3.    Por la “amnistía del corazón”, en Euskadi
(Publicado en “El Periódico de Catalunya y en alguno más de la misma “marca” el sábado 8 de Abril)
Al día siguiente del jueves 20 de octubre de 2011, fecha en la que ETA anunció que dejaba definitivamente las armas (que parece que las entregará este sábado, aunque - no seamos ingenuos- no las que sirvan para esclarecer las causas pendientes), participé en un programa de TV3 en Barcelona. Estaba en el plató Eulàlia Lluch, una de las hijas de Ernest Lluch. Eulàlia animó a la sociedad vasca para hablar y dialogar sin deseos de venganza sobre el futuro abierto. Ninguna palabra de más, ninguna manifestación de odio, ninguna descalificación innecesaria, nada de que nadie se pudriera en la cárcel. Decía que, desde su punto de vista, lo que procedía era lo que su padre defendió con tenacidad y coraje, y con mucha incomprensión. Nos impactó a los cuatro que estábamos en el plató.

El 7 de noviembre de 2013 se presentó en la Universidad de Deusto la iniciativa Glencree, que discretamente llevaba funcionando desde 2007, poniendo en contacto experiencias de víctimas de diferentes victimarios. Ese día intervinieron Fernando Garrido, hijo del gobernador militar de Gipuzkoa, que ETA asesinó en 1985, y Asun Lasa, hermano de Joxan, torturado y asesinado por la Guardia Civil en lo que ha pasado a la historia como el caso Lasa y Zabala. “Conocer de cerca que en el otro lado también hay dolor me ayudó a ver que hay mucho sufrimiento en las diferentes violencias y no solo en la que yo he sufrido”, dijo Garrido.

Es el reconocimiento, todavía no asumido por muchas personas, de que hay “otras víctimas”, aunque ya sabemos que el mundo de ETA, merced a estas “otras víctimas” intenta legitimar su terrorismo y construir un relato que lo diluya en “la violencia padecido en el País Vasco”. Solo convencerá a los suyos. La asignatura pendiente de la izquierda abertzale, hoy, Sortu es decir pura, lisa y llanamente, que la violencia terrorista es condenable. Como lo es, que reconozca el Estado, de una vez por todas, que algunos miembros de las Fuerzas de Seguridad aplicaron la tortura y los malos tratos. Soy plenamente consciente que diciendo esto me tratarán de equidistante. Ya lo tengo asumido. Mi posición la he desarrollado en un libro, cuyo título refleja bien mi pensamiento: “Tras la losa de ETA”.

Mirando al futuro, Euskadi necesita revisar su historia, levantar el velo de los silencios sobre todas las víctimas. Necesitamos conocer la verdad. Toda la verdad. Euskadi necesita un enorme ejercicio de verdad y humildad. Necesitamos desempolvar tanta miseria, tanto olvido, tanto odio, tanto fanatismo. Necesitamos escuchar más relatos, muchos relatos de tanta gente que ha sufrido tanto. Sin descartar a nadie. Necesitamos la verdad, sí, en pro de la conciliación, en el marco insoslayable de una justicia, resueltamente restaurativa.

En fin, necesitamos transitar de las memorias, individuales o colectivas, siempre parciales, a la historia con mayúsculas, escrita por profesionales no excesivamente ideologizados. Pero, exigirá tiempo. Una generación como poco. Y, si entre tanto, ¿tratáramos de aplicar la dimensión revolucionaria del perdón, la amnistía del corazón?

4.    Para la convivencia activa en Euskadi
(Publicado en “La Vanguardia” el domingo 9 de abri)l

Al fin, ETA habrá entregado a la Justicia las pocas armas que le deben quedar, y las que desee entregar, pues, es inimaginable que entregue un arma que pueda servir para dilucidar las causas aún pendientes. Ahora, a ETA, le falta disolverse. Quizá la actual cúpula de ETA lo haga pronto, pero, ¡cuidado!, queda mucha gente en su mundo que no se ha dado por vencida. Entre tanto, la sociedad vasca debe gestionar su futuro, sobre la imprescindible búsqueda de la Verdad, congeniar la Memoria y la Historia, la Justicia y la dimensión política del Perdón.

La búsqueda de la Verdad debe ser, en la actualidad, uno de los principales objetivos a perseguir. Creo que es imperativo que toda persona que tenga algo que decir en orden a la clarificación de estos años de dolor, deba poder hacerlo. Sin eliminar a nadie, dando la posibilidad, a todos, de ofrecer su testimonio, sus vivencias. Y, todos quiere decir todos.

El pensador Tzvetan Todorov, escribió que “los individuos y los grupos tienen el derecho de saber, y por tanto de conocer y dar a conocer su propia historia; no corresponde al poder central (del Estado) prohibírselo o permitírselo. (…) no corresponde a la ley contar la historia: le basta con castigar la difamación, o la incitación al odio racial”. Yo eliminaría el epíteto “racial”, me basta el sustantivo “odio”, pero, delimitando su alcance. No es posible que, cuando ETA asesinaba y nos gritaban, a dos pasos, “ETA mátalos”, tuviéramos una policía meramente notarial, y una justicia ausente, mientras que ahora escruten con lupa lo que alguien escribe en un tuit.

Las diferentes memorias, personales y colectivas, dan lugar a diferentes relatos. Paul Ricoeur, propone tres formas de memoria: memoria impedida (buscando el olvido de lo que no queremos admitir de nuestro pasado); memoria manipulada (al servicio de una identidad, de ahí “el frenesí de conmemoraciones” que subraya Ricoeur), y memoria obligada, el “deber de memoria” por la deuda contraída con los que más han sufrido y, ello, baja la égida de una Justicia que busca la verdad, toda la verdad, donde el rigor de los historiadores y demás científicos sociales no debe olvidar, bien al contrario, la multiplicidad de relatos que provienen de las memorias personales y colectivas de los actores sociales.

Ciertamente no todos los relatos tienen el mismo valor, el de los asesinos y el de los asesinados, el de los torturadores y el de los torturados, el del victimario y el de la víctima, etc. Pero solamente la escucha de los diferentes relatos, de todos los relatos, el respeto a todas las memorias, permitirá a la historia con mayúsculas, escrita por profesionales, ir construyendo la verdad de lo sucedido. Aun sabiendo que nunca se llegará a una historia, o a un relato unánimemente admitido. Basta mirar a la historiografía del franquismo, a la de la primera guerra mundial (1914-1918) y, en estos días, a la de la revolución rusa de 1917, para constatar que no hay un único relato, aunque, en lo esencial, la investigación histórica no ideologizada, llega a acuerdos básicos. Pasará lo mismo con ETA, pero dentro de unas décadas.

La Justicia debe saldar las cuentas de los daños causados. Los teóricos del derecho distinguen la justicia de excepción (hoy en Francia, en España contra ETA sin que todavía haya sido abolida); la justicia transitiva (la que se aplica ahora en Colombia, antes en Irlanda del Norte, que algunos quieren aplicar en Euskadi, otros no por lo que tiene de impunidad); la justicia de vencedores y vencidos, con impunidad para los primeros y vengativa para los vencidos (la del franquismo); la Justicia del olvido, (la de la transición española); la justicia restaurativa, por la que personalmente abogo, en la que las partes implicadas en un delito se reúnen para resolver colectivamente la manera de afrontar las consecuencias del delito y sus implicaciones para el futuro. (Tony Marshall).

El perdón nos introduce en otra dimensión más allá de la justicia (insoslayable, por supuesto) y sienta, o fortalece, las bases de la conciliación entre víctimas y victimarios. Si a la Justicia Restaurativa añadimos la capacidad de escuchar el dolor del “otro”, padecer con el “otro”, como se vivió, por ejemplo, en la extraordinaria experiencia de Glencree que puso en contacto víctimas de diferentes victimarios en Euskadi, y se está viviendo ahora, en la discreción, en no pocas experiencias entre nosotros, cabe pensar un futuro para Euskadi donde impere la convivencia activa, más allá de la mera coexistencia pacífica.

domingo, 26 de marzo de 2017

Mariano Rajoy, ¿Tancredo feliz?



Mariano Rajoy, ¿Tancredo feliz?

Me gusta leer los artículos de mi buen amigo, el periodista Joan Tapia, en su día director de La Vanguardia, después director de RTVE en Catalunya y, en la actualidad, amén de contertulio en radios y televisiones, publicando al menos dos artículos semanales en El Periódico de Catalunya, donde yo también escribí durante bastantes años. Joan es un buen analista político. Cuando viene a Donosti, al menos una vez al año, procuramos encontrarnos. Lo mismo sucede cuando yo voy a Barcelona. Charlamos largo y tendido, pero, con Joan es prácticamente imposible hablar de otra cosa que no sea de política. A veces coincidimos en el Palau, ahora en los medios por el desfalco sufrido, o en el Kursaal donostiarra. Pero tras un brevísimo comentario del concierto escuchado, ya me lanza la pregunta: y ¿cómo van las cosas por Euskadi? Me suele poner en apuros pues está más al tanto de los dimes y diretes de “lo nuestro” que yo mismo. Si yo le hablo de mis libros sobre los jóvenes, la familia, la religión etc., me escucha educadamente, pero, rápidamente me formula la pregunta de “¿y cómo van las cosas por Euskadi?”, ¿volverá a ganar el PNV?, ¿sigue fragmentado el PSE?, y durante los años de plomo, con ETA a lo suyo, siempre acabábamos hablando del fin del terrorismo. Coincidimos bastante.

Joan es un hombre muy ecuánime en sus juicios y en sus planteamientos, que es lo que, personalmente, más valoro de un analista, aunque no oculta su tendencia socialista. No solamente está en su derecho, sino que, además, cuando uno se expone en los medios de comunicación es imposible ocultarlo. Incluso diría que deseable para que el lector sepa quién es quién. Todos los que me leen, al menos con alguna frecuencia, saben bien de qué pie cojeo.

Pero ya es hora de hablar de Mariano Rajoy a quien Joan Tapia dedicó un artículo que tituló “El momento dulce de Mariano Rajoy” (El Periódico de Catalunya 21/02/17). Recuerda Joan cómo, hace un año, Rajoy era un político con muchos problemas, tantos que no se presentó a la investidura, que le correspondía al tener el primer grupo parlamentario, por miedo a perder. Y dejó que Pedro Sánchez pasara delante. El entonces líder del PSOE pudo ser presidente del gobierno. Llegó a un pacto con Ciudadanos y hubiera bastado, que en su sesión de investidura de marzo del año pasado, el Podemos de Pablo Iglesias no hubiera votado lo mismo que el PP de Rajoy, esto es, que se hubiera abstenido en vez de votar NO, para que en la actualidad, gobernara España el partido socialista. Vaya Usted a saber dónde estaría hoy Mariano Rajoy. Pero en la actualidad, gobierna Rajoy, con más votos de los que tenía en marzo pasado, ha logrado que le apoye Ciudadanos, Pedro Sánchez está defenestrado por su propio partido y Pablo Iglesias ya puede gritar todas las veces que quiera que es una vergüenza que gobierne Rajoy pero, todos, empezando por no pocos en su propia formación, le recordarán que fue él, con su voto, quien impidió que Sánchez fuera presidente y, a la postre, permitiera que Rajoy siguiera en la Moncloa donde ahora está instalado, con relativa calma. Dicen que fumando puros, a escondidas. Como D. Tancredo, viendo pasar los miuras por su puerta.

¿Cómo es posible que un hombre plano, que en España es de los peor valorados en las encuestas, que sabe que no tiene nada que hacer en Euskadi y en Catalunya, gobierne en España, y en Europa, ocupe, ahora, un lugar relevante, aunque, en parte, gracias al Brexit?. 

El éxito de Rajoy es, en gran medida, consecuencia de la inoperancia y de los errores de los demás partidos políticos. Acabamos de señalarlo en el caso de Podemos, al que, tras el triunfo de Iglesias sobre Errejón en Vistalegre 2, salvo catástrofe mayúscula en el Europa, creo que ya ha llegado a su techo y le auguro un descenso en el favor de los electores, salvo en Madrid capital quizás, quizás, y en Barcelona, más probablemente, donde gobiernan dos mujeres que no son, propiamente hablando, de Podemos. Por ejemplo, acaba de mostrarlo Carmena en Madrid condenando la situación de los presos políticos en Venezuela y apoyando una moción de los demás partidos políticos en ese sentido. (La condena selectiva de unos u otros presos políticos retrata muy bien a los partidos. En Euskadi sabemos mucho de esto. Como retrata a los medios de comunicación donde ponen el acento, y la censura, en la libertad de expresión).

El Presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, es un hombre inteligente que, sin embargo, se me antoja un chisgarabís que, afortunadamente, nada tiene que hacer en Euskadi pues, si pudiera, intentaría cargarse el Concierto Económico y que, en España, ha decidido convertirse en un inquisidor, pero sin querer aceptar la responsabilidad de gobernar.


El PSOE da pena. Aquí le cito a Joan Tapia quien escribe que el PSOE “resiste bien en las encuestas, pese a estar sin líder, y la gestora lleva el día a día con un notable alto, pero no se han cerrado las heridas del pasado 1 de octubre cuando la dimisión forzada de Sánchez. Es más, el cisma entre sanchistas y susanistas parece haberse agravado, al perpetuarse, y no es seguro que las primarias de mayo arreglen las cosas”. Tapia comentado los datos muy concordantes del CIS de enero y de la encuesta de El Periódico de febrero, recuerda que “hay un tercer candidato, Patxi López, el mejor valorado en la encuesta, que huye de la polarización pero que también abunda en tópicos. Y una batalla a tres puede acabar con un secretario general elegido con menos del 50% de los votos”. Personalmente, nunca he entendido que el PSOE arrincone, a menudo, al candidato que, más allá de sus bases, más votos concitaría en la ciudadanía. Sucedió en Euskadi y en España con Ramón Jáuregui, y está sucediendo ahora con Javier Fernandez.  No lo entiendo, claro que yo no estoy en el PSOE, y menos aún en sus mentideros.

Este lunes pasado, se reunieron en Versalles los cuatro jefes de los Estados más grandes de la UE. España entre ellos, desde que Gran Bretaña decidiera salirse de la Unión. Dentro de un año, Hollande seguro que no estará. El italiano Gentile, es más que probable que tampoco. La todopoderosa Merkel está en la cuerda floja. En gran parte por su política de apertura a los inmigrantes. Rajoy es el que parece tener más futuro por delante. En Europa y en España. Sí, lo repito: ¿quién lo hubiera dicho hace un año? Aunque, para el futuro le auguraría negros nubarrones, pues ha llevado al paroxismo la desmembración emocional de España que hace tiempo dejó de ser nación para muchos de sus habitantes. Le salvará, quizás, el calamitoso nivel político de sus contrincantes. Pero, para el independentismo catalán y vasco, con Rajoy en el puesto de mando en la Europa a dos velocidades, poco cabe esperar de la internacionalización del conflicto.

Publicado en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa el 11 de marzo y en Noticias de Álava el 18 de marzo de 2017.

El reconocimiento de los jóvenes

El reconocimiento de los jóvenes


Al inicio de mi intervención en la XXXII Jornada Diocesana de Enseñanza en Madrid, en la que se reflexionó sobre la construcción de la Casa Común, centrada en mi caso, como se me sugirió, en los jóvenes su sociedad y su contexto, hablé sobre la necesidad del reconocimiento de los jóvenes en su unidad y diversidad. Abordo mis trabajos de sociología juvenil desde tres ideas clave: no hay juventud sino jóvenes, (de ahí mi empeño en elaborar tipologías de jóvenes); que los jóvenes son como son según la sociedad y contexto en el que vayan creciendo (así es falaz comparar la juventud española actual, con la de, digamos, hace 40 años, sin, al mismo tiempo, comparar la sociedad española actual con la hace 40 años) y, en tercer y fundamental lugar, determinar cuáles son los agentes socializadores prioritarios en cada momento y lugar, así como su evolución: familia, escuela, grupos de amigos, medios de comunicación, confesiones religiosas, etc., etc.

En este tercer aspecto no debemos olvidar que vivimos en la era Internet. Esto supone que nos podemos comunicar con quién queramos (que esté conectado a la Red). Lo que comunicamos básicamente es información, pero comunicar información, aun siendo importante, no es lo más importante. Lo más importante es comprender al otro en su singularidad. Comprender al otro exige una serie de actitudes y de conocimientos. La actitud es la de reconocer al otro como otro, saber que el otro es diferente a mí y al mismo tiempo es igual que yo, que los dos formamos parte de la misma especie humana. Supone una actitud de escucha de lo que el otro dice, pero no para replicarle sino para entender porque dice lo que está diciendo. Esto último exige, prácticamente siempre, un cierto nivel de conocimiento: conocimiento de la historia de ese otro, o esos otros cuando hablamos de colectivos de personas. Exige saber cuál es su historia, sus creencias, sus religiones, sus planteamientos vitales, su gastronomía, la forma como entre ellos se entiende la relación en pareja, en la familia, la gobernanza etc., etc. En definitiva, el reconocimiento del otro, o de los otros como colectivo, exige una actitud de escucha comprehensiva de sus palabras y un conocimiento de su singular particularidad. El pensamiento binario del yo y los otros, la idea sartriana de que “el infierno son los otros”, lo impide. No se puede construir una Casa Común sobre la base de los “míos” y los “otros”, “nosotros” y “ellos”.

El filósofo canadiense Charles Taylor, a quien sigo en estas líneas, dice que “el problema clave en la relación con los otros es el reconocimiento. Todo ser humano tiene una necesidad fundamental de ser reconocido”. Es una necesidad primaria que se encuentra tanto en los problemas de los chavales de las chabolas, como en los adinerados que viven esclavos del dinero y de la moda, por dar un par de ejemplos. Es fundamental, en cada momento histórico, en cada cultura, luego también aquí y ahora, detectar donde se sitúan, quienes son, particularmente desde una óptica cristiana, los descartados, por utilizar un término caro al papa Francisco. Es una labor fundamental de discernimiento que exige ojos limpios y unos planteamientos de fondo muy claros. Empezando por planteamientos antropológicos básicos.

Todos los seres humanos somos semejantes desde el punto de vista genético, anatómico, fisiológico, cerebral, afectivo, y todos somos al mismo tiempo diferentes. Ningún individuo es igual a otro, cada uno tiene sus humores, su carácter, su cabeza, sus ojos… Pero no solamente hay diferencias entre los individuos. La cultura nunca ha existido en tanto que LA cultura. Las culturas son todas diferentes, los idiomas, las músicas son todas diferentes. Luego la unidad humana produce diversidad. Lo que es algo vital. En consecuencia, el tesoro de la unidad es la diversidad, pero el tesoro de la diversidad es la unidad. Si olvidamos la unidad humana nos encerramos en nosotros mismos y es el universalismo el que sufre. Esto sería letal para una confesión religiosa como la católica. No cabe hablar de la Iglesia española, francesa, alemana etc., sino de la Iglesia Católica en España, en Francia, etc. Pero si se olvida la diversidad humana entonces caemos en una abstracción ciega, fuente de opresión del más poderoso. Ya Maritain, en la segunda década del siglo pasado, lanzaba la alerta de no confundir la universalidad de la Iglesia con lo que denominaba como la latinidad.

En este orden de cosas, me gusta recordar el esfuerzo del Padre Arrupe, que nos recibe en el nuevo puente de la Universidad de Deusto, con su empeño en la aculturación de la fe en las diferentes sociedades donde se inserta la confesión católica. Esto vale también para los jóvenes y para los mayores, para todos. Pienso que debe ser resaltado, como necesidad fundamental del reconocimiento del “otro”, en la construcción de la Casa Común. Todos somos iguales y todos diferentes. Personal y colectivamente hablando. Es en esta dialéctica en la que debemos construir la Casa Común. Los católicos ya vivimos esta dialéctica entre la Iglesia Universal y las Iglesias particulares. E, incluso en el interior, tanto de la Iglesia Universal como en la de la inmensa mayoría de las iglesias particulares. En el actual mundo pluralista, esta es una de nuestras riquezas: la unidad en la diversidad.


Publicado en “Alfa y Omega” el 9 de marzo de 2017