martes, 31 de mayo de 2011

Una reflexion sobre la laicidad, pensando en España

Una reflexión sobre la laicidad, pensando en España

Publicado en el Informe Ferrer i Guàrdia. Anuario de la laicidad en España 2011. Presentado en el Ateneo de Madrid el 31 de mayo de 2011)

Un día, un periodista preguntó a Einstein: “Profesor, ¿cree Usted en Dios?”. Einstein le contestó: “explíqueme lo que Usted entiende por Dios y, entonces, le diré si creo o no”. He encontrado esta anécdota en un libro que recoge una apasionante controversia pública entre André Comte-Sponville, un gran filósofo ateo, y Henri Cazelle Decano de Filosofía del Instituto Católico de Paris, titulado, en traducción del francés, “¿Existe Dios, todavía?”.

El libro tiene perlas como cuando el filósofo ateo Comte-Sponville dice que “preferiría que Dios existiera”, dando a entender que así viviría en la seguridad (ilusa) de tener respuestas a todo, a lo que responde el filósofo católico que “a veces él preferiría exactamente lo contrario: mi vida sería mucho más fácil, no tendría que defender, a veces muy penosamente, la credibilidad del Dios misterioso”.

Todo esto se me vino a la cabeza escuchando recientemente el oratorio Elías de Mendelssohn, cuando reclama Elías desamparado “ver el rostro de Yavé” y el coro canta: “Un viento poderoso que rompía los montes y quebraba las piedras pasó, pero Yavé no estaba en el viento. La tierra tembló y el mar rugió, pero Yavé no estaba en el terremoto. Tras el terremoto vino un fuego, pero Yavé no estaba en el fuego. Y tras el fuego vino un ligero y suave susurro. Y en el susurro vino Yavé”. (De Reyes 1, 19/10-13).

¿Y si los creyentes aceptáramos que Dios se manifestara, no con truenos y relámpagos, terremotos y fuegos, esto es, no al modo de grandes tratados ni en fórmulas perentorias, menos aun impositivas, sino en la insinuación (“a Dios nadie le ha visto, jamás” dirá el teólogo y filósofo Bellet, recordando a Juan, el evangelista), al modo de susurro, “brisa tenue”, como traduce Schökel el texto de arriba?.

En estas disputas entre creyentes y no creyentes, personalmente me encuentro cómodo con Comte-Sponville cuando dice que “Cazelle y yo no estamos separados más que por lo que ignoramos: ni él ni yo sabemos si Dios existe…aunque él crea en Dios y yo no. Pero estaríamos locos si concediéramos más importancia a lo que ignoramos, y nos separa, que a lo que ya sabemos, tanto él como yo, y que nos reúne (…) a saber, la fidelidad común a lo mejor que la humanidad ha producido o recibido”.

En esta “fidelidad común” (común a creyentes y no creyentes) a lo mejor que la humanidad ha producido o recibido” releo yo, en el siglo XXI, el susurro de Yavé en el Elías de Mendelssohn. Creo que Einstein estaría cómodo ante este susurro. Invisible susurro. Donde muchos creyentes decimos que habita Dios, “a quien nadie ha visto jamás”.

En este contexto me gustaría que pudiera situarse en España la confrontación entre creyentes y ateos a la hora de hablar de adscripciones religiosas. Pero quizás, brevemente algunas precisiones desde donde leo la laicidad, pues todos somos hijos de nuestra historia y de nuestra formación. La mía, lovaniense, donde hice la universidad, y mas próxima a la cultura francófona que anglófona es tributaria de los Aubert (mi profesor en Lovaina), Poulat (un intelectual de primera fila prácticamente desconocido en España que releo siempre con provecho), Comte-Sponville, Bauberot etc. Siguiendo parcialmente a este ultimo en su reciente publicación con Milot, “Laicités sans frontieres” (Seuil. Paris 2011) considero que hay que clarificar el concepto básico de laicidad al par que es fundamental analizarlo, en su concreción, en sus implicaciones histórico- sociológicas concretas.

Del concepto de laicidad, siguiendo a Bauderot-Milot, apuntaría a cuatro principios básicos relacionados dos con sus fines y dos con sus medios. Respecto de los fines de la laicidad señalaría, por un lado, la garantía de la libertad de conciencia, y, por el otro, la igualdad y la no discriminación de las personas en razón de las opciones que, en mor de esa libertad de conciencia hayan adoptado. Respecto de los medios, señalaría por un lado la separación de lo político y lo religioso y, por el otro, la neutralidad del Estado respecto de las diferentes creencias.

La garantía de la libertad de conciencia solamente es posible en un estado de laicidad, esto es, en un estado laico, mientras que entiendo que ello no es posible ni en un estado confesionalmente religioso o teocrático como, tampoco, en otro que sea confesionalmente ateo o laicista en el sentido de que entienda que hay emanciparse de lo religioso para ser un buen ciudadano.

El Estado laico y la laicidad puede tener diferentes resultantes en diferentes contextos históricos y geográficos concretos. Tipos ideales siguiendo la clásica denominación de Max Weber que los autores Bauberot y Milot resumen en seis no necesariamente solapables pues son acentuaciones de esta o aquella dimensión, acentuaciones que pueden llegar a ser criticables y que yo traslado, con mis propios subrayados, de la siguiente manera. Laicidad separatista (cuando la separación entre lo religioso y lo político de medio se convierte en fin), laicidad autoritaria, laicidad anticlerical, laicidad de fe cívica (exigencia de unos valores universales exigibles a todos los ciudadanos), laicidad de reconocimiento (de la autonomía moral de la conciencia individual en un contexto de justicia social) laicidad de colaboración (con organismos religiosos, siempre en la independencia, separación y autonomía de sus decisiones). Personalmente comparto estas tres ultimas acentuaciones de laicidad.

La auto adscripción religiosa de los españoles ha sufrido una clara evolución hacia un descenso en los que se dicen, según unas u otras encuestas, religiosos o católicos, así como un incremento entre los que se inscriben como no creyentes o ateos (a no confundir). A tenor de las Encuestas Europeas de Valores en su aplicación a España (encuestas de 1981, 1990, 1999 y 2008) si, el año 1981, el 63% de las personas mayores de 18 años se consideraban personas religiosas y el 4% ateas (el resto adscribiéndose como “personas no religiosas”), el año 2008 estos porcentajes eran del 52% y 11 %, respectivamente. Según los datos del CIS, si el año 1980 el 91 % de los españoles se adscriben como católicos, la cifra desciende en el barómetro de Enero de 2011 al 74 %, en un descenso lento y constante, con escasos altibajos. La proporción de los que este ultimo Barómetro de 2011 se dicen “no creyentes” si sitúa en el 14 % y el de los ateos en el 8%.

Otros indicadores relevantes nos hablan de una práctica religiosa semanal del 34 % en 1980 y del 15% según el Barómetro de Enero pasado. La confianza (mucha + bastante) en la Iglesia Católica era del 49 % el año 1980 y desciende apenas al 43% el año 2006, incrementándose un poco al final de primera década del siglo actual mostrando la polarización de la sociedad española hacia la Iglesia Católica. Sin embargo la capacidad de la Iglesia Católica para responder a las demandas morales y espirituales apenas satisfacía al 19 % de los ciudadanos españoles el año 2006, cifra que era del 38 % el año 1980.

Salvo ignorancia por mi parte apenas tenemos suficiente base estadística para bien medir la presencia, peso e influencia de las adscripciones a las demás confesiones religiosas en España con la significativa excepción de Catalunya.

Mi conclusión es que en España la “marca” católico sigue teniendo vigencia en el universo cultural de una gran masa de ciudadanos. En mayor proporción y fuerza que la de los ciudadanos que manifiestan tener confianza en la Iglesia (donde la polarización sigue siendo excesivamente crispada, a mi juicio) y mucho más todavía de los que estiman que esa Iglesia responde “a sus necesidades morales y espirituales”.

A tenor de estos datos y de la sociología y de la historia reciente de España abogaría por avanzar hacia un Estado laico donde la imprescindible separación del Estado, (con soberanía legislativa en los diferentes Parlamentos de la España Autonómica) respecto de las normas y pronunciamientos de las Iglesias, especialmente, dado su peso, de la Católica, no conlleve una privatización de las manifestaciones religiosas, recluidas en sus templos, centros educativos, de ocio, trabajo o de lo que sea. Siempre en el respeto a las convicciones de los demás. Pero no me parece razonable que un chaval pueda llevar en el ojal de su chaqueta la insignia del Barça o del Athletic y no una cruz o una media luna, por ejemplo.

Nunca habrá normas perfectas. Menos aun definitivas. Las normas y los valores los vamos construyendo día y a día. Demasiadas veces con imposiciones. De signo diverso. La historia de España es fiel testigo de ello. Quizás vayamos aprendiendo la virtud de la tolerancia activa, la que ve en el otro más que un individuo, más que un ciudadano: una persona con una autonomía de conciencia inalienable. Que solamente puede expresarse (y debe ser defendida) en un Estado laico.


Donostia San Sebastián 12 de febrero de 2011
Javier Elzo
Catedrático Emérito de Sociología en la Universidad de Deusto

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