jueves, 9 de marzo de 2017

Por la Democracia (Texto de Fernando Mires)




Por la Democracia (Texto de Fernando Mires)


Un amigo me envía un excelente artículo que abajo reproduzco. Estoy de acuerdo con sus tesis. Quizá le falta añadir, en sus menciones a los responsables de Corea de Norte y de Cuba, Siria y no pocos del mundo islamista. No me atrevo, por insuficiente conocimiento incluir a otros dirigentes de Oriente Extremo, China, Pakistan etc…..(JE)
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Hay que defender a esa luz que vino de Atenas; por Fernando Mires


Muchos hablan de populismo para referirse a movimientos políticos que han signado a la política de América Latina durante los dos últimos decenios y a la de Europa de los tiempos actuales. Pero no hay populismo sin apellidos. Así lo aprendimos de Ernesto Laclau, teórico del populismo por excelencia.

Laclau vio incluso en el fascismo una forma de populismo. Hay populismos democráticos y antidemocráticos, formuló hace un par de años Chantal Mouffe, apuntando en la misma dirección que Ernesto.

Esa es la razón por la cual algunos hemos decidido renunciar al uso exagerado del concepto populismo. Son en verdad muy diferentes las realidades a las que alude. Seguir denominando como populista a un movimiento fascista y a uno democrático a la vez, oscurece en lugar de aclarar.

Lo dicho vale para la Europa de 2017 donde estamos asistiendo al surgimiento de fenómenos de masas que portan consigo características similares a las de los movimientos fascistas y comunistas que hicieron su puesta en escena durante las décadas de los veinte y de los treinta del siglo pasado. Populistas, los llaman.

Neofascistas, he denominado sin vacilar a algunos de ellos en diferentes artículos. Y lo he hecho no para insultarlos sino porque en sus más diferentes versiones contienen tres elementos propios al fascismo originario:
1. Relación directa entre masa y líder (sin mediaciones interestatales)
2. Identificación de un enemigo común.
3. Revuelta en contra de la democracia liberal y sus instituciones.

Tanto Putin, Erdoğan, Trump, Orbán, Wilders, Le Pen y Petry, desde distintas naciones, gobiernos y partidos, coinciden en su enemistad declarada a la democracia liberal, a los valores que representa y a las instituciones que la sostienen. La política es concebida por ellos como una relación directa entre masa y líder. Todos se declaran enemigos de la división de los poderes, según ellos, un impedimento para el decisionismo del poder supremo. Por eso Putin, Orbán, Erdoğan, Trump, y en América Latina, Maduro, Morales y Ortega, gobiernan mediante decretos.

El objetivo común a todos esos autócratas y aprendices de autócratas, al igual que los defensores de los totalitarismos de ayer (comunistas y/o fascistas) es la destrucción del Estado democrático y su sustitución por uno autocrático. Steve Bannon, ideólogo de Trump, lo ha dicho de un modo radicalmente sincero: “Hay que destruir al Estado”.

La tesis de la destrucción del Estado —propia a los movimientos neofascistas de nuestro tiempo— no es nueva. Marx la adoptó de su amigo/enemigo, el anarquista Bakunin, e intentó darle, aunque sin éxito, un formato científico. Los liberales económicos y sus hijos, los neoliberales, mucho más cerca del anarquismo que del liberalismo político, imaginaron a su vez que la economía debía ocupar el lugar del Estado. Y así como Lenin, ordenó ¡todo el poder a los Sóviets! (sin parlamento y sin justicia) los neoliberales corearon después: ¡todo el poder a las empresas!

Para comunistas, fascistas y liberales económicos, es la gran paradoja, la tesis de la supresión del Estado fue elaborada no para suprimir el poder sino para fortalecerlo. Pues al Estado también pertenecen instituciones de contra-poder como son el parlamento y una justicia independiente, destinadas a contrarrestar y controlar al ejecutivo. Así se explica por qué algunos dictadores de nuestro tiempo, desde Putin, pasando por Erdoğan, hasta llegar a Maduro, orientan sus esfuerzos a destruir a los parlamentos y a la justicia, es decir, a la sustancia misma del estado democrático.

La utopía de las dictaduras ha sido y es la de crear gobiernos-estados: el poder librado a su más brutal expresión ejecutiva (y militar). Esa es la razón por la cual la tarea de los demócratas ha sido, es y será, la de defender al Estado. Pues sin Estado no puede haber política.

Defender al Estado y a sus instituciones es defender a la razón y al sentido de la política de sus enemigos. Sean ellos fascistas y comunistas como ayer, o putinistas, erdoganistas y maduristas como hoy. E incluso —si las cosas se dan en los EE.UU. de acuerdo a las palabras de Bennon— trumpistas.

La democracia de nuestro tiempo surgió, no hay que olvidarlo, de un pacto no firmado entre tres tendencias políticas de la modernidad: la democracia social, el liberalismo político (no confundirlo con el económico) y el conservativismo de inspiración cristiana. Sus representantes son hoy atacados y ridiculizados por los enemigos del Estado democrático. En cambio los líderes antiestablishment (antiestado) en su mayoría personajes incultos y brutales, son elevados como modelos frente a los políticos (“la élite” en el lenguaje neofascista) es decir, frente a los defensores del Estado y sus instituciones, caracterizados por ellos como complacientes, progres y buenistas.

Hoy como ayer asistimos a una rebelión antipolítica hecha en nombre de la política pero en contra de la política.
Hace ya muchos siglos la barbarie espartana logró destruir a la democracia, a la cultura y a las instituciones de los atenienses. Según Hannah Arendt, el ideal de la armonía que cultivaban los atenienses terminó por volverse en contra de Atenas. Hoy, sin embargo, los demócratas tenemos una segunda chance. Ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, identificar a los enemigos de la democracia y combatirlos donde estén. Frente a ellos no se puede ser buenistas.
Se avecinan batallas políticas decisivas en Holanda, Francia y Alemania. De la suerte de las elecciones en esos tres países dependerá —creo que no exagero— el futuro de la democracia en Europa. Y tal vez en el mundo entero. Hay que salvar a la luz de Atenas frente a la oscuridad que avanza desde las Espartas del siglo XXl.

Enlace electrónico:



domingo, 26 de febrero de 2017

Entre Rusalka y Wozzeck

Entre Rusalka y Wozzeck

Esta tarde he visto y escuchado en directo, la representación en el MET, de Rusalka de Dvorak, en un cine de Donosti. Magnificas las voces, magnifica la puesta en escena de una música hechizante que va a más del primero al tercer acto. El arranque con las ninfas, por una asociación de ideas que se me escapa, me ha llevado al arranque y final del Anillo de Wagner. Es una música para una escena de humanos y extrahumanos, los dioses, las ondinas y los nibelungos en Wagner, y las ninfas, brujas- Jezibaba- y duendes del agua en Rusalka.


Estamos en un mundo, con humanos y, lo digo así, extrahumanos, que puebla toda la música hasta el siglo XX, y en no pocas obras del siglo XX también. Trabajando estos meses la cuestión de la búsqueda de la autonomía de la ética y del hacer de los humanos, en el tiempo presente, frente a la heteronomía de (vuelvo a utilizar el mismo término) de los extrahumano, en el pasado aún reciente, me viene a la cabeza, a botepronto, Wozzeck de Berg como música enteramente autónoma. Libreto y música acongojonantes. En abril volveré a sumergirme, por cuarta vez que recuerde, en los poco más de 100 minutos de esta obra paradigmática del siglo XX. Un mundo sin dioses o de hombres que se creen dioses. Es muy duro ser (pretender ser) Prometeo.  

martes, 21 de febrero de 2017

Cerrar la boca a los obispos (de Daniel Arasa)


El domingo pasado (19/02/17) pudimos leer en “La Vanguardia” el artículo que reproduzco aquí abajo. Defiende dos tesis:

1.    De la Iglesia Católica se valora su acción social pero no se acepta que quiera intervenir, públicamente, con su palabra, en cuestión de ética, moral etc. Los cristianos a la sacristía.
2.    La libertad de expresión le estaría vedada a la iglesia, en algunos aspectos, como los referidos a los comportamientos sexuales. Si lo hace, quienes no estén de acuerdo con sus pronunciamientos tienen derecho a tratar de impedirle, incluso violentamente, que exprese sus opiniones.

Estoy de acuerdo con el fondo de ambas tesis, sobre todo con la selectiva libertad de expresión, aunque, con algunos detalles del texto discreparía. Básicamente (y hay más): no creo que haya una conspiración contra la Iglesia, aunque sí fundamentalistas anti-eclesiales. Más que cristianófobos, como se dice en al artículo, hay eclesiófobos. Pero, es que en los temas que trata, la Iglesia católica no se ha caracterizado precisamente por la misericordia que ha puesto en primera fila el actual papa Francisco.

Cerrar la boca a los obispos
LA Vanguardia 19/02/17

DANIEL ARASA 
La parroquia de Santa Anna de Barcelona ha sido protagonista social y mediática en las últimas semanas. La acogida de personas sin techo en los días álgidos del invierno fue una acción humanitaria de gran valor y un ejemplo para las instituciones de acogida. Una monja y unas voluntarias nos comentaban que no faltan lugares para los sintecho, pero allí encontraron no solo atención a sus necesidades materiales, sino que palpaban que se les quería. Aplicación de las palabras de Cristo de “lo que hagáis a uno de estos pequeños a Mi me lo hacéis”. La transformación del lugar en un “hospital de campaña” las 24 horas del día y los 365 días del año es un salto más. Ha sido una actuación magnífica, que ha gozado de aplausos generalizados, incluso de no creyentes.

Además de la acción asistencial, ya de por sí un testimonio fundamental, la Iglesia tiene también la misión de dar doctrina. “Id por todo el mundo predicando…”. En esto ya no recibe parabienes. En la semana previa al 12 de febrero una fortísima campaña mediática, a través de las redes sociales, en la calle, en las instituciones, fue promovida por sectores LGBTI para impedir en la misma Santa Anna una conferencia de Philippe Ariño, un homosexual católico francés que promueve que las personas homosexuales vivan la castidad. La organizaba la Delegación de Juventud de la Archidiócesis de Barcelona.

El ruido, las presiones, no solo depositaron sobre la mesa del arzobispo cientos de insultos e improperios, sino que llegaron al Parlament y al Govern de la Generalitat, que decidieron abrir un expediente y vigilar el acto. El día de autos fue necesaria protección policial y aun así un grupo de activistas LGBTI irrumpieron en la sesión. Toda una muestra de intolerancia y de vulneración de la libertad de expresión cuando los mismos colectivos a todas horas y en todas partes hacen su propaganda con apoyo de no pocos medios de comunicación y subvenciones oficiales a chorro. El Parlament y el Gobierno de la Generalitat cedieron al sectarismo, vulneraron la libertad de expresión y se inmiscuyeron injustamente en la sociedad civil. Para desvanecer dudas de que el acto no iba contra nadie, los organizadores lo grabaron todo en video y con acta notarial.

Si fuera un hecho aislado quedaría en anécdota. Pero el caso es que sectores militantes LGBTI, del feminismo radical y de algunos grupos políticos han adoptado la estrategia de “montar un pollo” cada vez que un obispo, un sacerdote, una asociación católica u otros hablan de defender el derecho a la vida incluso del no nacido, de la familia natural, de la sexualidad desde la óptica cristiana, del derecho de los padres a exigir para sus hijos educación religiosa. Es toda una estrategia de intimidación sistemática. Decir que un matrimonio está formado por un hombre y una mujer comporta ser crucificado a insultos y quedar como un trapo en las redes sociales. Incluso manifestaciones y denuncias en el juzgado. Algunos obispos ya tienen experiencia. Por supuesto, el calificativo de ho­mófobo aparecerá en miles de tuits, wash-up y hasta en las páginas en papel
de algún periódico. El objetivo es cerrar la boca. Algunos han cedido.

Otros se man­tienen firmes. El arzobispo Juan José Omella hizo bien en no anular aquella conferencia. Hace pocos días, la Universidad de Cádiz vetó ante las presiones una conferencia de Jokin de Irala, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública y autor del libro Comprendiendo la homosexualidad porque este experto no comparte determinados postulados esgrimidos por los activistas.

Lo sucedido en Santa Anna es un laboratorio de lo que ocurre a diario en la sociedad en relación con lo cristiano. Aplausos a la labor de ayuda a los pobres. Nada dirán si en el templo rezan el rosario. Pero que la Iglesia pueda iluminar la sociedad, que actúe como revulsivo de la conciencia más allá de la miseria social, que esté presente en la cultura, que emita criterios morales, que difunda la doctrina de Cristo completa… de todo esto nada. Intentan arrinconar al ámbito privado toda expresión religiosa. Mientras la Iglesia quede reducida a una oenegé que da de comer a pobres sin hablar de Dios, ningún problema. Pero cuando decide que, además, debe ser luz del mundo, la cristianofobia emerge a raudales. Lo grave es que no faltan católicos que no se enteran. Como actúan de manera tan tibia, tan light, “no se mojan”, tales presiones nunca les afectan a ellos.


domingo, 19 de febrero de 2017

Globalización y desglobalización

Globalización y desglobalización

Es ya un tópico decir que vivimos en la tierra como patria común de todos los humanos, pero no por tópico es menos cierto. Esta interdependencia de unos países con otros y de las vidas de unos ciudadanos con las de otros, incluso alejados geográficamente, es ya una realidad. Pero esta globalización y esta interdependencia no han logrado una disminución de las diferencias entre las personas, bien al contrario, las diferencias entre países se están haciendo mayores y, en el interior de los países, entre unas y otras personas, como mostré en estas columnas en diciembre pasado, aplicado a Euskadi.

La desigualdad entre países está propiciando que, en los países ricos, como en Europa, la ciudadanía se esté replegando en su sociedad del bienestar, cual fortaleza sitiada, mientras a sus aledaños cada vez más personas procuran introducirse en ella, por los procedimientos que sean. No hay día sin que los medios de comunicación social nos informen de ciudadanos africanos o asiáticos que intentan introducirse en el "eldorado" europeo. Europa corre el riesgo de convertirse en una sociedad sitiada que está dando lugar a un “revival” de un nacionalismo y de una religiosidad identitarias. Es la desglobalización que algunos ya propugnan abiertamente.

En efecto, la otra cara de la moneda de la mundialización es la búsqueda de entornos más próximos, en la tribalización de la sociedad en colectivos de afinidades emocionales, ideológicas, etc. También en el renacer de los nacionalismos con pretensiones monoétnicas, excluyentes del diferente, del perteneciente a otras coordenadas, sin olvidar el auge de los fundamentalismos, particularmente los de signo religioso: algunas manifestaciones del Islam ciertamente, aunque no pocos nos preguntamos si el Islam no es, para muchos de sus adeptos, otra cosa sino el refugio y la seña de identidad ante lo que han sentido y percibido como el etnocentrismo cultural de Occidente. Pero algo similar, en gran parte por temor a ese islamismo, está sucediendo con las religiones cristianas como avanza, con pertinencia y valentía, una publicación reciente en Francia de Erwan Le Morhedec. Ya el título refleja la tesis que en él se postula: Identitaire, le mauvais génie du christianisme, (Identidad, la mala deriva del cristianismo). Cerf. Paris 2017.

En esta publicación podemos leer que “algunos consideran que un verdadero francés, preferentemente blanco, es cristiano y que militantes conocidos de la identidad, manifiestan (…), como la espuma de su más profundo malestar, la angustia de la desaparición. Desaparición de una civilización, desaparición de una religión. Desaparición de Francia, desaparición de la fe. (Páginas 11 y 12). Estamos, en efecto, ante una gran tentación identitaria. Cómo escribe el alcalde de Béziers, el católico Robert Ménard, trásfuga de la extrema izquierda al Frente Nacional de Le Pen, “los cristianos esperan del Papa que él defiende la cristiandad, no su sumersión por la inmigración” (p.17).

Sí, en la vieja Europa, aquí al lado, en “la hija mayor de la Iglesia”, Francia, tenemos esta desglobalización identitaria, y no solamente con Marine Le Pen. Aunque es imposible no mencionar alguno de sus 144 compromisos electores, sobre todo cuando todas las encuestas la dan como favorita en las próximas elecciones presidenciales de abril próximo y, aunque parece improbable que lo consiga, entra dentro de posible, visto lo visto en Gran Bretaña, en América, en Austria, las dificultades de Merkel en Alemania, etc. Ya en el primero de los 144 compromisos para la Presidencia de Francia, podemos leer que pretende “Recuperar nuestra libertad y el control de nuestro destino, restituyendo al pueblo francés su soberanía”. Lo remacha, en el mismo punto, afirmando que “el objetivo es el de conseguir un proyecto europeo respetuoso de la independencia de Francia, de las soberanías nacionales y que sirva los intereses de los pueblos”.

Algo similar, aunque algo más moderado, lo he encontrado en un pequeño libro de diciembre de 2016 del, vaya usted a saber, si no será el nuevo Presidente de Francia, pese a lo que le está cayendo, François Fillon “Vaincre le totalitarisme islamique” (Vencer al totalitarismo islamista) ed. Albin Michel. He aquí algunas frases de su libro: “es en la escuela, donde he aprendido que France es grande y que su historia es más que milenaria. Que es la nación más antigua en Europa”. (p 142). “Somos únicos! ¿Por qué deberíamos excusarnos de ello?” (p. 144). “Tenemos necesidad de estar orgullosos de nuestro país para franquear los obstáculos que levanta un nuevo mundo dispuesto a sacarnos de la historia. Tenemos necesidad de estar orgullosos de Francia para defender su unidad que ha estado siempre amenazada. (…) Las provocaciones de los salafistas, y de los Hermanos Musulmanes no tienen otros objetivos que la destrucción de la unidad nacional sin la cual Francia no existe, no cuenta. Estamos pues ante una cuestión vital para nuestra nación” (p.145). Y así hasta el final del libro. Antes de que se supieran los escandalosos sueldos de su mujer, subí una reflexión a mi blog sobre su figura y su política en http://javierelzo.blogspot.com.es/2016/12/la-guerra-de-fillon-y-su-radical.html.

El filósofo e historiador Marcel Gauchet es mundialmente conocido por su libro “El Desencantamiento del mundo” (Trotta 2013, pero el original es de 1985) con su, no siempre bien entendida tesis, del “cristianismo como la religión de la salida de la religión”. Gauchet, acaba de publicar “Le Nouveau Monde” (todavía no traducido), cuarto volumen de su magna obra “El Advenimiento de la democracia” (consecuencia de la salida política de la religión, sostendrá). En una entrevista escribe que “al final del individualismo radical está el autoritarismo radical”. Lo aplica a Donald Trump, que lo define como “la exacerbación de una lógica individualista propia a las sociedades democráticas” cuyas primicias afirma haber conocido en su juventud en el anarquismo: “no he visto tantas personas autoritarias como en el mundo libertarios” y añade, “basta fijarse en la actualidad en las redes sociales, en el rechazo a la divergencia, al compromiso y a toda regla mayoritaria, con la convicción de que solamente vale mi punto de vista”. Parece que, en su nuevo libro, lo digo con mis palabras en el contexto de este artículo, se sitúa a caballo entre la globalización y la desglobalización en pro de una identidad inteligentemente incluyente del diferente. Libro que aún no he leído y que hará pasatxanda, seguro, a los que tengo en espera de lectura.

He escrito este texto, a propósito, con ejemplos que no nos conciernen directamente. Para no cortocircuitar su lectura citando a políticos vascos y españoles. Pero lo termino tal y como concluyo la entrada en mi blog a propósito de Fillon: El (a menudo denostado) nacionalismo democrático vasco es una ñoñería comparado con el que esgrime Fillon. Y tantos otros. También en España.


(Artículo publicado en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa el sábado 18 de febrero de 2017)

miércoles, 1 de febrero de 2017

Castigar: una pasión contemporánea

Castigar: una pasión contemporánea

El título de este artículo es la traducción del de un libro, publicado en Francia hace apenas quince días, “Punir: une passion contemporaine” (Seuil, Paris, 2017). Su autor, Didier Fassin, profesor de sociología en Paris y en Princeton (EEUU), muestra cómo Francia tiene actualmente la mayor población penal de su historia en tiempos de paz. En sesenta años, el número de presos ha más que triplicado. Pero esta situación no se corresponde con un aumento de la delincuencia sino con un aumento en la severidad de las penas. Cada vez se castiga más con la pena de cárcel para los mismos delitos y se aumenta el tiempo de estancia en la prisión, para los mismos delitos. Esta tendencia no es exclusiva de Francia. Se encuentra, en diversos grados, y con la excepción de los países escandinavos, en todos los continentes, siendo los Estados Unidos el caso extremo: ha multiplicado por ocho el número de reclusos en cuatro décadas. Pero en todas partes, se sigue pidiendo política criminal aún más dura, incluso, insisto en ello, sin que haya aumentado la delincuencia. Así, en España, se sigue endureciendo el Código Penal cuando tiene una de las tasas de criminalidad más bajas (45 por cada 1.000 habitantes, siendo 62 la media europea) y, sin embargo, la tercera tasa de estancia en prisión (19 meses), solo por detrás de Turquía y Rumanía, según un Informe realizado por el sindicato de prisiones Acaip.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? La sociedad, en gran parte alarmada por unos medios (telediario, radio, prensa etc.), en cuyas noticias privilegian todo drama, todo lo peor del género humano, cuanto más escabroso mejor, se ha hecho cada vez más temerosa, exigiendo constantemente mayor seguridad. Los responsables públicos, sean políticos, expertos, policías, magistrados, aun conscientes de la absoluta inutilidad de muchas de las medidas represivas y sancionadoras, las adoptan y defienden. Para hacer como que se hace algo. Así se ha creado, lo que con rigor y profundidad describe Didier Fassin, la pasión contemporánea por el castigo, por las medidas coercitivas en la vida pública, por la violencia injusta aunque legal, malos tratos, torturas y menosprecio por los derechos humanos en los lugares de detención.

El mes de diciembre pasado, un Informe Oficial del Gobierno francés sobre el estado de la cárcel de Fresnes, a pocos kilómetros de Paris, habla del hacinamiento de personas con una ocupación del 202 % sobre lo previsto, de la proliferación de insectos y ratas, de edificios en ruinas, del "clima constante de la violencia que reina" y del "uso de la fuerza - en contra de los detenidos- violencia que no está en absoluto controlada”.

En el Informe, resultado de la inspección de doce controladores oficiales, entre el 3 y el 14 de octubre, pone los pelos de punta. (Una foto tomada de la presentación de ese Informa lo ilustra perfectamente). Leemos que "las condiciones de vida de las personas detenidas constituyen un trato inhumano o degradante en el sentido del artículo 3 de la Convención Europea de Derechos Humanos". (Le Monde 15/12/16). No es la primera vez que este tipo de Informes muestran la realidad de las cárceles de Francia.

El editor del escritor Dennis Lehane ha logrado que los suplementos literarios del pasado fin de semana de “La Vanguardia” y de “El País”, publicaran elogiosísimas recensiones de su recién traducida novela, “Ese mundo desaparecido”. El autor, que se define como “escritor político”, en cuyos libros hay “muchas muertes violentas”, injustificadas, gratuitas, pero bien contadas, para “atrapar al lector” confiesa, pone en boca de un sindicalista esta frase: “la única diferencia que veo entre un ladrón y un banquero es un diploma universitario”. De ahí a decir que todos somos criminales en potencia, luego carne de cárcel, hay un paso que hace años se ha franqueado. Hay muchos más presos que provienen de los colectivos más desfavorecidos, aunque acabamos de ver cómo encarcelan a un banquero de 85 años por haberse llevado indebidamente mucho dinero. Y muchos se escandalizan de que todavía no haya un solo Pujol entre rejas. Y más cerca de nosotros, es triste comprobar cómo “Kakux”, cura amigo, que cometió actos condenables, es presentado, por no pocos, como un monstruo a quien la tierra le tiene que tragar, lejos de Euskadi. Sí, tiene razón Didier Fassin: vivimos, nosotros los ciudadanos, no solamente los jueces, una auténtica pasión condenatoria. Pasión condenatoria cruel y despiadada con el que ha cometido actos reprobables, actos, que, obviamente, deben ser sancionados. Pero, ¡cuántas veces no hemos oído decir “que se pudran en la cárcel”!

En fin, en la presentación del Informe de Amnistía Internacional “Peligrosamente desproporcionado”, el pasado 17 de Enero, su director en España, Esteban Beltrán, declaraba que desde que ETA decidiera poner fin a su actividad violenta en octubre de 2011, España ha ido imponiendo medidas antiterroristas "más ambiguas" a las que achaca los casos de enaltecimiento de terrorismo aplicados a unos titiriteros, a un concejal madrileño, o a un cantante. Además Beltrán instó a eliminar el régimen de incomunicación a detenidos pues, a su juicio, esta incomunicación es la que ha "favorecido" la tortura a detenidos por la que España ha sido denunciada hasta en ocho ocasiones por las autoridades europeas y que sigue siendo, en opinión de Amnistía Internacional "uno de los grandes problemas pendientes de esclarecer", aunque se señala que cada vez se aplica menos este régimen de incomunicación en España, y por tanto, son menos los casos de torturas y maltratos policiales.
He escrito mucho sobre estos temas. En artículos de prensa y en revistas. También en mi libro “Tras la losa de ETA” (PPC, Madrid 2014). Al lector interesado le sugiero que lo consulte pues no voy a resumir aquí, en dos líneas, mi posición ante un tema con tantas aristas.

El papa Francisco, luego de lamentarse del "violentísimo enfrentamiento", con sesenta presos muertos, en una cárcel brasileña, (03/01/17) declaró: "renuevo el llamado para que los institutos penitenciarios sean lugares de reeducación y de reinserción social, y que las condiciones de vida de los detenidos sean dignas de personas humanas".

El artículo 25. 2 de la actual Constitución Española dice que “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social… y que los condenados tendrán “derecho …al desarrollo integral de su personalidad”. Pero, ¿a quién importan los presos, si no son los de su cuerda? 

Quiero cerrar este texto señalando algo que vengo afirmando desde que era estudiante: las prisiones en nuestro siglo, incluso en las zonas más democráticas del planeta, son el equivalente a las galeras en una de las partes más cultas del mundo en la antigüedad. La que nos ha legado su Derecho, a saber, el Imperio Romano. En esto, apenas hemos avanzado.


(Texto publicado en Deia y en Noticias de Gipuzkoa el sábado 28 de Enero de 2017)

sábado, 21 de enero de 2017

¡Qué día!: Trump y la Tamborrada donostiarra


Trump y la Tamborrada donostiarra

¡Qué día el de este 20 de enero, recién concluido! Esta tarde he seguido en directo el traspaso de poderes de Obama a Trump, y he escuchado el discurso del nuevo presidente de los EEUU. A medida que avanzaba el discurso, mi desconcierto dejaba paso a la congoja, la congoja al cabreo y del cabreo a una mezcla de desconcierto, congoja y cabreo con ribetes de acongojonamiento mientras mis nietos iban llegando de la fiesta de San Sebastián, haítos de tocar y escuchar tambores.

A las 12 de la noche, una hora de arriada en ETB, culminada con la reproducción sonora de la marcha de San Sebastián de Sarriegui con la participación del Orfeón en la interpretación del año 2016, interpretación abruptamente cortada, un ejemplo más de la falta de sensibilidad total de los productores, o lo que sea, en las retransmisiones musicales.

Mi yerno francés, que asistía por primera vez a la Tamborrada, no se cansaba de decirme que nunca había visto algo similar, esa fusión de una música con un público exultante, cantante y danzante en una plaza. Durante el día, su hijo, mi nieto de poco más de dos años, engalanado con un mandil, dos palos y un tambor en la cintura no paraba de aporrearla, tocarla, siguiendo, milagrosamente, el ritmo de las piezas de Sarriegui, Solozaba…tanto que no logramos que conciliara el sueño en la siesta, aunque a la noche cayó como un tronco. Entretanto su prima, mi nieta mayor, a punto de hacer tres años, ya acostumbrada a estos lances y a ver a sus padres subidos a la tarima de la Plaza de Constitución, lograba dormir, felizmente su siesta y ejercía de anfitriona de su primo.


¡Qué día! Del acongojonamiento de Trump a la alegría (¿Freude beethoveniana?) de ver aporrear el tambor a los nietos, deliciosamente agotadores.

lunes, 9 de enero de 2017

La gente es buena

La gente es buena

El pasado día de Reyes me desplacé en el tren de Renfe de las 11,22 de Donosti a Beasain. En la estación de Beasain me percaté que ya no llevaba conmigo mi billetera con las tarjetas de crédito, el dinero y los documentos de identidad. Lo comunique al agente de Renfe de Beasain quien, inmediata y amablemente, avisó a la estación de Zumárraga para que revisaran el vagón del tren en el que viajé, y a Donostia por si me había caído en la estación. Sin éxito. Anulé las tarjetas. Pero, apenas un rato después, recibí un correo de Renfe señalándome que había aparecido mi billetero. Al poco, una llamada al móvil. Era el conductor del tren para decirme que una persona le había entregado el billetero y que me llamaba para comunicármelo y que lo entregaba a la Ertzaina. Poco después recibía, en efecto, otra llamada, esta vez de la Ertzaina con la noticia. Quedé que, a la vuelta Donosti pasaría por la comisaría del Antiguo donde, en efecto, me devolvieron el billetero completo, con todo el dinero que llevaba encima.

Mi agradecimiento a la persona que encontró el billetero en el tren, al conductor del mismo, a los agentes de RENFE quienes, con diligencia, se pusieron en contacto conmigo, así como a la Ertzaintza, me confirma en la idea que solía repetir, uno de los pensadores que más admiro, Paul Ricoeur, cuando repetía que “las buenas acciones se acumulan, mientras que las interrupciones del mal no crean un sistema”.


Sí, las buenas acciones construyen una sociedad. Las malas, a lo sumo, dificultad su construcción. La retrasan. Afortunadamente las primeras son más abundantes, pese a la idea generalizada, trasmitida en los medios de comunicación, de que es el mal el que anida entre nosotros. Otro ejemplo más de que la mayoría publicada se equivoca. Pues, pese a todas las deficiencias y maldades, nuestra sociedad es cada día mejor, más justa, más convivial. Porque la gente, la mayoría de las personas son gente honrada. Gracias. Eskerrik asko.